Resumen
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Isora y la narradora entran a clases de informática con el único objetivo de usar el Messenger. Las clases las imparte un hombre tranquilo, que no quiere ningún lío dentro del aula-cyber. Aunque sabe que mientras él enseña a usar el Word, las niñas chatean, se hace el distraído.
Una tarde, Isora entra en un chat con desconocidos y conversa con un tal “carlossion”. Le dice que tiene veinticinco años y que es “muy guarra”. Carlossion le pregunta entonces si tiene cámara, e Isora le dice que sí. Inmediatamente se abre una imagen de video y aparece en la pantalla el miembro de un hombre. La narradora se pone muy nerviosa, mientras que Isora se ríe. El maestro las descubre, las echa de la clase y les prohíbe ir al cyber por toda la semana.
La musiquita de Pepe Benavente
Las niñas se pasan la tarde jugando en la calle junto a Juanita Banana. Mientras tanto, se llevan a cabo las fiestas del barrio, y la música de Pepe Benavente emana constantemente de los altavoces del cuartito de la comisión, especialmente la canción “El polvorete”.
En un momento, los niños dejan de jugar y pasean por la fiesta. Allí, entre unos arbustos, descubren a Chuchi besándose con Damián, el monaguillo de la iglesia. Isora se ríe y le dice a la narradora que Damián debe tener un miembro pequeño. Su abuela siempre dice que los curas tienen miembros chicos. Luego afirma que, según escuchó, a las mujeres, después de tener sexo, les queda latiendo el “chocho”. La narradora nunca había escuchado a Isora llamar así a los genitales femeninos. Se siente sumamente lejos de ella, muchísimo más inocente.
Más tarde, cuando se despiden, la narradora se queda mirando a Juanito Banana irse por la carretera. Lo imagina adulto, trabajando en la colecta de tomates, prematuramente envejecido por tener un trabajo tan duro.
Los ojos negros como las plumas de un mirlo
Saray invita a las niñas a jugar en su piscina de plástico. El agua de esa piscina proviene del aljibe. La familia de Saray llena la piscina al comenzar el verano y, con el paso de las semanas, el agua se va poniendo verde y putrefacta, además de llenarse de bichos.
Las niñas juegan a “las ahogadas”. Una de ellas debe hacer como que se ahoga y ser rescatada por las otras dos. Todas quieren estar en ese lugar. Saray es la única niña del barrio que prefiere a la narradora por sobre Isora, y la elige a ella para hacer de ahogada. Isora, que está acostumbrada a ser el centro de atención, se enoja muchísimo.
Luego, Saray propone jugar a las modelitos, que consiste en vestirse y maquillarse con cosas de la madre, y nuevamente elige a la narradora como protagonista del juego. Isora se encierra en el baño. La narradora va a verla y la encuentra muy triste. Isora le pregunta si ella es verdaderamente su amiga, y si cree que su madre era bonita.
Edwin Rivera
La narradora comienza este capítulo confesando que los niños siempre le dieron asco, pero que a la vez siempre sintió que debía enamorarse de ellos.
Una tarde, Isora y ella se encuentran en la carretera con Ayoze y Mencey. La narradora no quiere jugar con ellos, pero Isora decide por ambas. De repente, la narradora está montada en la bicicleta de Mencey, e Isora, en la de Ayoze. Los chicos las llevan a una huerta de papas. Allí van hasta un terraplén, e Isora repentinamente desaparece con Mencey. Esto enfurece a la narradora, pero no puede hacer nada.
Ayoze lleva a la narradora a una especie de cueva. Allí, aunque no la fuerza físicamente, la viola. El acto se interrumpe cuando escuchan a un hombre gritar.
La protagonista se vuelve sola a su casa, mientras el sol baja tiñendo el paisaje de naranja. El dolor y la sensación de ser abandonada por Isora se convierten en un "veneno".
Medio kilo a cada papa
Al día siguiente, la narradora decide no ver a Isora. Su cuerpo está lleno de garrapatas. La abuela se pasa la mañana quitándoselas mientras la niña llora. Al pensar en Isora, siente un veneno en todo el cuerpo.
La narradora pasa el día en su casa, compartiendo la tristeza de su tío, que vive encerrado mirando la televisión. Se imagina que se parte una pierna o se quema un brazo e Isora entiende, entonces, lo importante que es ella en su vida. Mientras piensa estas cosas tristes, no llora, sino que se rasca hasta sentir dolor.
Por la tarde, Isora la llama por teléfono y la invita a jugar con ella al día siguiente. Pese a odiarla, la narradora acepta la invitación.
Un cuchillo en el tronco
La narradora cuenta que se reconcilió con Isora pero que, desde que pasó lo que pasó con los niños, no ha podido ser feliz. Cosas que antes admiraba de Isora ahora le provocan ganas de “arrancarle la cabeza".
Esa tarde, Isora pasa a buscar a la narradora para ir al cyber. Allí, pese a lo que pasó la última vez, Isora abre el chat con desconocidos. La narradora se llena de ira y discute con ella hasta que el maestro las echa de la clase. Afuera, la pelea entre las niñas se vuelve física, e Isora termina propinándole un puñetazo a la narradora, quien, al sentir la sangre, afirma que su boca herida sabe a la boca de Isora, al sabor de su lengua.
Análisis
Llegamos al momento en que la violencia latente deja de ser una amenaza para convertirse en una experiencia irreversible. En estos capítulos, la infancia ya no está solamente expuesta al daño, sino que es atravesada por él de manera directa. La sexualidad, que hasta aquí se había manifestado como curiosidad, juego o desborde corporal, se cruza definitivamente con el poder y con la violencia de género. La ausencia de los adultos finalmente trae grandes consecuencias, y queda claro, entonces, que la protección mutua de las niñas tiene un límite.
En “[email protected]” vemos que las niñas están solas en todo ámbito. No solo faltan sus padres, sino que falta cualquier figura capaz de cuidarlas realmente. Las clases de informática que se llevan a cabo en el cyber deberían ser un lugar seguro, un ámbito de cuidado y aprendizaje. Pero no lo son. El maestro de informática es un hombre perezoso, que elige la comodidad de “no querer líos” antes que la responsabilidad de supervisar lo que hacen sus alumnos. Sabe que Isora y la narradora chatean, sabe que acceden a espacios que no comprenden, pero decide hacerse el distraído. No es un villano; es, justamente, un adulto típico del universo de Panza de burro, alguien que ha abdicado de su rol de adulto. En ese vacío total de autoridad y protección, Isora se construye una identidad sexual ficticia (dice tener veinticinco años y se define como “muy guarra”), sin herramientas simbólicas para entender los riesgos de lo que está haciendo. La aparición súbita del pene de "carlossion" en la pantalla de la computadora no es solo un episodio de exhibicionismo: es una irrupción violenta de la sexualidad adulta. Es una amenaza de lo que les puede suceder a las niñas. En este sentido, es también un presagio. Aquí, la diferencia entre Isora y la narradora es clave: una se ríe, la otra se paraliza. El daño no es homogéneo, pero el riesgo es el mismo. Cuando el maestro finalmente interviene, lo hace tarde y mal: castiga, expulsa, prohíbe. No cuida, no explica, no acompaña, ni habla con los padres.
Esa sexualidad adulta que irrumpe reaparece en “La musiquita de Pepe Benavente”. La fiesta del barrio (sostenida otra vez por la autogestión precaria) funciona como telón de fondo para una circulación constante y confusa de discursos sexuales. La canción “El polvorete”, de Pepe Benavente, que celebra la suerte del gallo que dispone de la gallina a su antojo para "echarse un polvorete", suena sin pausa mientras los niños juegan. El descubrimiento de Chuchi besándose con Damián, el monaguillo, a escondidas, no produce escándalo moral sino ridículas hipótesis sexuales, burlas y reproducciones del discurso adulto. Isora dice que Damián debe tener el miembro pequeño porque, según su abuela, así sucede con todos los curas. Luego afirma que a las mujeres, tras tener relaciones sexuales, les queda "el chocho latiendo". Eso se lo contó una clienta del almacén. La confusión sexual de las niñas proviene de discursos de los adultos, de la música de los adultos, de las prácticas de los adultos, de la negligencia de los adultos.
En este caos, llegamos al punto más álgido de la novela. En "Edwin Rivera", toda esta violencia condensada y este peligro latente se consuma, se vuelve un hecho. La escena de la narradora con Ayoze en el monte de helechos no está narrada como una emboscada espectacular y malvada llevada a cabo por un niño cruel, sino como una deriva lógica de los hechos. Ayoze no obliga a la narradora a entrar en la cueva, sino que ella no encuentra motivos ni argumentos para decir que no. Nadie le ha enseñado a cuidarse. Nadie le ha enseñado cuán peligroso puede ser para una niña estar a solas con un desconocido. Lo que la narradora ha aprendido del acto de "decir no" es que la expone a no ser querida, a ser rechazada por sus pares. Isora, que en materia de sexualidad funciona como "la adulta responsable" (de hecho, fue ella quien dijo "no" cuando los niños, capítulos atrás, propusieron jugar al "tocaculos") no está. Se fue con Mencey corriendo por la ladera, porque ella también es una niña. Ayoze ni siquiera necesita fuerza física para hacer lo que quiere con la narradora. Cabe detenerse en que Ayoze es aún más chico que la narradora: ella tiene diez años y él, nueve.
En “Medio kilo a cada papa”, el daño ya está en el cuerpo de la narradora, pero ella no tiene palabras para nombrarlo. Las garrapatas, el picor, el “veneno” que le sube por el cuerpo funcionan como traducciones físicas de lo ocurrido. Su abuela interpreta este malestar en clave supersticiosa: cree que su nieta debe ser santiguada porque "tiene susto". Ni se le ocurre pensar en que a su nieta le puede haber pasado algo. La narradora imagina accidentes para ser vista, para ser cuidada, pero no habla. El desamparo adulto es tan profundo que ni siquiera ensaya la posibilidad de la palabra. Gestiona su dolor físicamente: se rasca hasta hacerse sangrar, castigando su propio cuerpo, como si el sufrimiento tuviera que quedarse ahí, en la piel.
En “Un cuchillo en el tronco”, la violencia se desplaza directamente al vínculo entre las niñas. La pelea frente al cyber es la explosión de todo lo que vino condensándose hasta aquí. Es la demostración física definitiva de que el vínculo entre ellas no puede ser un resguardo mágico que las proteja del mal del mundo. Cuando Isora golpea a la narradora, la sangre que brota de sus labios no cancela el amor, sino que lo reafirma de la manera más retorcida posible: la herida sabe a Isora, a su boca, a su lengua, a sus besos. La violencia no rompe el lazo entre ellas, sino que lo sella, como previamente lo habían afianzado el vómito de Isora y los excrementos de la narradora. Lo material, como en toda la novela, se vuelve símbolo. Lo residual, como en toda la novela, se vuelve elemental, preciado.