Resumen
Un bemeta metalizado que iba chillando goma
Chela está muy enojada porque unas "putas" o las "brujas del monte" dejaron excremento en la vereda del almacén. Le exige a su nieta que limpie. Isora le pide ayuda a la narradora, y juntas recogen los excrementos humanos. La suciedad está dispersa por todos lados, incluso por la alfombra en la que duerme El Sinson, el perro de Isora. Tiempo atrás, El Sinson perdió un ojo al ser atropellado por un BMW que iba muy rápido por la ruta (“un bemeta metalizado que iba chillando goma”).
Cuando terminan de limpiar, el día está oscuro y la protagonista siente una tristeza muy fuerte porque ha de despedirse de Isora. Entonces comienza el ritual de acompañamiento: Isora acompaña a la narradora hasta su casa, pero, cuando llegan, deciden volver, y la narradora acompaña a Isora de vuelta hasta el almacén, y así hasta que se cansan y se separan finalmente.
En este capítulo, la narradora cuenta también cómo suelen jugar a las Barbies con Isora (aunque este día no jugaron). Las niñas imitan a los personajes de Pasión de gavilanes: los Kens se llaman Juan, Franco y Gato, y las Barbies se llaman Gimena, Sarita y Norma. El juego consiste en hacer como que los muñecos tienen relaciones sexuales.
Los guiris eran unos jediondos
La narradora tiene sentimientos encontrados respecto a las casas rurales de la calle El Paso del Burro: le parecen bonitas, pero a la vez le disgustan porque son la razón por la que su madre debe trabajar y no puede compartir tiempo con ella, y mucho menos llevarla a la playa. Si la narradora quiere estar con su madre, tiene que ir a ayudarla, pero ella odia limpiar las casas rurales.
La madre de la narradora considera que los turistas, a quienes llama "clientes" o “guiris”, son unos sucios que no tienen modales y que, entre otras cosas, defecan fuera del inodoro.
Luego, la narradora cuenta algunas cosas más del trabajo de su madre. Dice que ella tiene un cuarto especial donde solo pueden entrar ellas dos, pero que los turistas son más especiales porque pueden usar las hamacas y la piscina. Frecuentemente, ella fantasea con ser una turista, pero luego recuerda que solamente es la hija de la mujer de la limpieza.
Se comían los conejos sin masticarlos
Isora llama a la narradora para contarle que su abuela la ha puesto a dieta de nuevo. Esta vez deberá comer sopa de cebolla durante dos semanas con el fin de adelgazar rápidamente. Está muy triste. Le pide que vaya a verla para que coma un pastel que horneó y no puede comer. La narradora obedece. Isora la mira comer y le da algunas indicaciones. El pastel está feo, pero la narradora es incapaz de decírselo a su amiga. Sigue comiendo hasta que Isora va al baño, y entonces le da el pastel al Sinson.
Luego, Isora lleva a la narradora al cuarto de Chuchi. De un cajón saca un encendedor y un papel. Resulta que al iluminar ese papel con fuego aparece una imagen pornográfica. La narradora no la entiende del todo. Dice que el hombre tiene “una cuca muy larga” que desaparece constantemente dentro de la mujer que está con él. Después, las niñas juegan a las Barbies. Esta vez, deciden que Ken hará de empleado de limpieza. Lo maltratan. Le dicen que es un esclavo y lo fuerzan a trabajar duro.
Los gritos de Juanita resonaban hasta más allá del cruce
La narradora, Isora y Juanita Banana juegan en las escaleras de la casa de la abuela de la protagonista. El verdadero nombre de Juanita Banana es Juanito, pero lo llaman así porque el apodo lo hace llorar. El abuelo de Juanito teme que su nieto sea homosexual. Entonces, el niño sale de su casa con un balón para disimular lo que realmente hará con las niñas: jugar a las Barbies. Sin embargo, el abuelo lo descubre. Aparece intempestivamente, en medio del juego, con el cinto en la mano. Se lleva a Juanito de las orejas. Los gritos que da el niño en la casa mientras lo golpean resuenan “hasta más allá del cruce”.
comerme a isora
En este capítulo no hay ningún tipo de puntuación. Todo está conformado por una sola y larga oración. La narradora describe detalladamente a Isora, resaltando la belleza de su rostro, la sensualidad de sus pechos, su pubis afeitado, su fuerza y su carácter. Afirma que le gustaría comérsela para que le perteneciera. Luego la defecaría, y con las heces pintaría su cuarto. Así lograría convertirse en Isora.
Voy aserte caricias ke no san inventao
Las niñas tienen devoción por el grupo musical Aventura. Ambas comparten un cuaderno donde copian las frases que más les gustan de las canciones. Creen que guardar estas letras les permitirá saber más sobre el amor que el resto de la gente.
La frase preferida de la narradora es la que le da título al capítulo. La repite una y otra vez mientras se imagina acariciando partes del cuerpo de Isora que no se suelen acariciar, como las uñas, la parte de atrás de las rodillas y la grasa acumulada en la panza.
Análisis
En estos capítulos, la novela nos muestra con más profundidad cómo la intimidad entre las niñas se construye dentro de un entorno material atravesado por la precariedad, la desigualdad social y distintas formas de violencia cotidiana. El vínculo entre la narradora e Isora se consolida como un espacio de refugio, pero no logra sustraerse del todo lo que las rodea. La pobreza, el desamparo y la violencia que en los primeros capítulos eran presentados de refilón, aquí ya aparecen en acción. Además, en estos capítulos se suma un elemento que hasta ahora no había aparecido: la diferencia de clases sociales.
"Un bemeta metalizado que iba chillando goma" condensa todos estos elementos. En primer lugar, aparece la violencia en general, y de género en particular: Chela, mirando al cielo, insulta rabiosamente a las "putas" y las "brujas del monte" por haber defecado en la vereda de su casa. No tiene pruebas de que hayan sido las prostitutas del barrio ni tampoco tiene pruebas de que hayan sido las brujas (si es que existieran), pero Chela no duda en descargar su ira sobre otras mujeres. No se le ocurre que pueden haber sido perros los que defecaron frente a su casa, ni hombres borrachos. Las culpables son mujeres y son pobres. Abreu nunca idealiza a sus personajes. Siempre son víctimas y también victimarios. Luego de insultar a las prostitutas y las brujas, Chela le impone a Isora que limpie la calle. Esa imposición no es solo una tarea doméstica, sino un gesto disciplinador que se inscribe en una lógica de jerarquías: las niñas limpian lo que otros ensucian, sin posibilidad de protesta.
En este mismo capítulo, la diferencia de clases irrumpe de manera brutal y casi incidental: el relato del BMW que atropelló al Sinson dejándolo tuerto no es solo el relato de un accidente, sino una imagen condensada del mundo que rodea a las niñas. El auto de alta gama que pasa “chillando goma” por la ruta atraviesa el barrio sin detenerse, dejando consecuencias irreparables. La pérdida del ojo del perro, sumada a los excrementos humanos que Chela obliga a limpiar, inscribe la pobreza en los cuerpos y en el paisaje: en el barrio todo se hace con restos, con desechos, con lo que otros expulsan.
En este contexto, el vínculo entre la narradora e Isora funciona como un refugio, pero también como un espacio donde se reproducen relaciones de poder. El ritual de acompañarse una a la otra al final del día parece, en la superficie, un gesto de amor y cuidado mutuo. Sin embargo, también está cargado de una angustia profunda frente a la separación, como si alejarse la una de la otra implicara un riesgo vital. La intensidad de ese lazo anticipa el modo en que la sexualidad y el afecto aparecerán entremezclados con control, dependencia y sometimiento.
En el capítulo "Los guiris eran unos jediondos" vuelve a ponerse en escena el tema de las diferencias sociales. Aquí, la desigualdad ya no aparece como algo que irrumpe desde afuera (el BMW pasando por la ruta), sino como una estructura cotidiana. Las casas rurales en las que trabaja la madre de la narradora funcionan como una frontera simbólica y material: son espacios cercanos pero inaccesibles, bellos pero ajenos. La narradora percibe con claridad que los guiris (los turistas que alquilan las casas) son más importantes que ella y su madre, no solo porque descansan mientras ellas limpian, sino porque ocupan el lugar de quienes merecen placer. La fantasía de ser una guiri, de nadar en la piscina o leer en una hamaca es recurrente, pero dura apenas unos segundos, hasta que la realidad se impone y devuelve a la narradora a su lugar de "hija de la mujer de la limpieza". Ese lugar también es simbólico y material: a la narradora y a su madre les "pertenece" solo el cuartito de la limpieza. Ese es su lugar "especial", al que solo ellas tienen acceso: un cuartito roñoso lleno de productos de limpieza y escobas.
Esa precariedad material se traslada directamente al cuerpo de Isora en el capítulo "Se comían los conejos sin masticarlos". La dieta forzada de sopa de cebolla impuesta por Chela muestra cómo el control del cuerpo femenino comienza temprano y se ejerce desde el núcleo familiar. Ser flaca no es una elección: es una exigencia que se vive como castigo. La escena del queque que Isora cocina pero no puede comer es interesante al respecto. Allí vemos cómo el placer de Isora se desplaza hacia el control. Ella no puede comer su queque, entonces obliga a la narradora a hacerlo delante de ella mientras la supervisa, como se puede intuir que lo debe hacer Chela con ella.
¿Y la narradora? La narradora obedece. Come aunque el sabor del queque sea horrible, aunque su cuerpo rechace la comida. Allí, la amistad empieza a mezclarse con la dominación y la culpa, una dinámica que luego se reproduce cuando las niñas juegan a las Barbies y convierten a Ken en esclavo, y lo obligan a limpiar mientras lo insultan. Durante toda la novela, el juego infantil absorbe sin filtro las jerarquías del mundo adulto: diferenciación de clase, poder y humillación aparecen allí de manera natural, lúdica.
La naturalización de la violencia alcanza su expresión más brutal en el episodio de Juanita Banana, “Los gritos de Juanita resonaban hasta más allá del cruce”. Las niñas y Juanito están jugando a las Barbies hasta que aparece el abuelo de Juanito con el cinturón en la mano. Esta irrupción corta de raíz el espacio lúdico y evidencia el carácter normativo y punitivo de la masculinidad. El castigo del abuelo a Juanito no se impone porque lo encuentra jugando, sino porque lo encuentra jugando a las muñecas. La golpiza es una lección ejemplificadora que se oye “hasta más allá del cruce”, como si el barrio entero participara. Cabe destacar también que, aunque no ejerzan una violencia consciente ni calculada, las niñas también reproducen la lógica de la homofobia y la violencia de género. Son ellas quienes apodan a su amigo "Juanita Banana", feminizándolo como forma de burla. El hecho de que Juanito llore al ser llamado así, y que ellas continúen apodándolo de este modo muestra hasta qué punto la homofobia y el sexismo están naturalizados.
Hasta este punto de la novela, la sexualidad aparece en un sinfín de elementos (los juegos sexuales con las Barbies, la fascinación por los actores y actrices de "Pasión de gavilanes", el encendedor con la imagen pornográfica de la tía Chuchi), pero no es registrada por la narradora como algo propio, íntimo. En el capítulo "comerme a Isora" eso cambia de cuajo. Aquí, la sexualidad de la narradora se despliega como una fuerza desbordada. Este capítulo, narrado sin puntuación ni pausas, marca un quiebre formal que acompaña ese desborde. El deseo aparece mezclado con violencia, con fantasías de posesión absoluta y de disolución del yo. Querer “comerse” a Isora no es solo una metáfora erótica, sino la expresión extrema de una identidad que no logra separarse del objeto amado. Amar es devorar, incorporar, borrar la diferencia.
Ese deseo encuentra una forma más tenue, aunque no menos intensa, en "Voy a aserte caricias ke no se han inventao". Las canciones de Aventura les proporcionan a las niñas un lenguaje prestado para pensar el amor: frases copiadas, mal escritas, repetidas como mantras. Las letras funcionan como una educación sentimental improvisada, una forma de poner palabras a lo que las niñas sienten pero aún no comprenden.