Una educación

Una educación Citas y Análisis

Esta historia no trata sobre el mormonismo ni sobre ninguna otra creencia religiosa. En ella hay tipos de personas, unas creyentes, otras no; unas buenas, otras no. La autora duda que exista alguna relación, positiva o negativa, entre ambas circunstancias.

Los siguientes nombres, citados en orden alfabético, son seudónimos: Aaron, Audrey, Benjamin, Emily, Erin, Faye, Gene, Judy, Peter, Robert, Robin, Sadie, Shannon, Shawn, Susan y Vanessa.

Nota de la autora, 13

Esta breve nota de la autora se ubica antes del Pólogo de Una educación. Tara Westover aclara que su libro no tiene el propósito de atacar el mormonismo ni ninguna religión. Además, no cree que exista una relación directa entre la religiosidad y la bondad o maldad de las personas. Estas aclaraciones son importantes porque, a lo largo de la historia, algunos personajes, en particular su padre, son caracterizados como fanáticos religiosos y, al mismo tiempo, presentados como antagonistas.

Por otra parte, se aclara que una serie de personajes llevan nombres que no se corresponden con los de la realidad extra literaria. Esto se debe a que algunas personas de la vida de la autora no concuerdan con lo relatado o incluso creen que la verdad sobre la familia Westover es significativamente diferente al relato de Tara.

Aunque solo tengo siete años, sé que ese hecho, más que ningún otro, diferencia a mi familia: nosotros no vamos a la escuela.

A papá le preocupa que el Gobierno nos obligue a ir, pese a que no puede obligarnos porque no sabe de nuestra existencia. De los siete hijos de mis padres, cuatro no tenemos partida de nacimiento. No tenemos historia clínica porque nacimos en casa y nunca hemos ido a una consulta médica o de enfermería. No tenemos expediente escolar porque jamás hemos pisado un aula.

Narradora, 16

En el Prólogo, Tara se expresa desde su perspectiva de niña y cuenta que su vida no es convencional, puesto que, siguiendo las reglas impuestas por su padre, la familia evita la mayor parte de las instituciones estatales y gubernamentales. La gran marca de esta diferencia con respecto a la mayoría de las personas, de acuerdo con la protagonista, es la falta de escolarización. A lo largo de las memorias relatará su lucha contra esta falta, su lucha por acceder a la educación. Pero ella y sus hermanos tampoco van al médico ni tienen documentos de identidad, lo que implica que existen prácticamente fuera del sistema. De esta manera, la autora se encarga de avisar desde el comienzo mismo de la obra que su historia personal y familiar es en extremo singular.

En mi caso, nadie estaba seguro de cuándo había nacido. Ella recordaba una fecha, papá otra, y la abuela de colina abajo, que fue a la ciudad para hacer una declaración jurada de que yo era su nieta, aportó una tercera fecha.

Mi madre telefoneó a Salt Lake City, a la sede de la Iglesia. Un administrativo encontró un certificado de inscripción de mi nombre siendo recién nacida y otro de mi bautismo, que, como todos los niños mormones, recibí a los ocho años. Mi madre solicitó copias, que llegaron por correo al cabo de unos días. «¡Por el amor de Dios!», exclamó al abrir el sobre. En cada documento constaba una fecha de nacimiento distinta, y ninguna de las dos coincidía con la que había puesto la abuela en la declaración jurada.

Narradora, 41

Además de no ir a la escuela ni al médico, Tara y algunos de sus hermanos crecen sin contar con documentos de identidad. Han nacido en casa y no han sido inscritos en el registro civil, por lo que el Estado no sabe que existen.

En la adolescencia, los chicos quieren conseguir estos documentos para poder obtener licencias para conducir y Faye se hace cargo de realizar los trámites. Sin embargo, en el caso de Tara, tiene dificultades para lograrlo, puesto que nadie sabe con precisión su fecha de nacimiento. De niña, ella no cree que esto sea demasiado problemático: sabe que ha nacido a fines de septiembre y todos los años elige una fecha diferente para celebrar. Se sorprende porque el personal del registro civil no puede creer que la madre no conozca la fecha de nacimiento de su hija: "como si el hecho de que desconociéramos en qué día había nacido yo deslegitimara por completo la idea de que tenía una identidad. Era como si dijeran: «Sin fecha de nacimiento no puede ser una persona». Yo no entendía por qué no" (42). Como adulta, termina por elegir una fecha precisa para festejar su cumpleaños cada año y, asumiendo un estilo de vida convencional, pasa a entender que la fecha de nacimiento es un símbolo de la identidad de cada persona.

Recordé todas las veces que había visto a uno de mis hermanos entrar en tromba por la puerta trasera berreando y apretándose alguna parte del cuerpo rajada, aplastada, rota o quemada. Me acordé de que dos años antes un hombre llamado Robert que trabajaba para papá había perdido un dedo. Recordé el tono sobrenatural de sus gritos cuando corrió a casa. Recordé que me había quedado mirando el muñón ensangrentado y luego el dedo rebanado, que Luke había recogido y depositado sobre el mostrador. Parecía un accesorio de un truco de magia. Mi madre lo puso en hielo y se apresuró a llevar a Robert a la ciudad para que los médicos se lo cosieran. El dedo de Robert no fue el único que el desguace se cobró. Un año antes que Robert, Emma, la novia de Shawn, había entrado chillando por la puerta de atrás. Perdió la mitad del índice mientras ayudaba a Shawn. Aunque mi madre se apresuró a llevarla a la ciudad, no hubo nada que hacer porque Emma tenía la carne machacada.

Narradora, 92

Cuando varios de sus hermanos mayores dejan la casa familiar, Tara se ve forzada a trabajar en el desguace de su padre. Todavía es una niña y el trabajo con la chatarra es muy peligroso. De hecho, recuerda que, en numerosas ocasiones, sus hermanos y otras personas se han lastimado mucho allí. Si bien el padre no tiene la intención de que sus hijos se dañen, por su condición mental es muy inconsciente con respecto a los riesgos del desguace. De hecho, incluso les prohíbe usar elementos de protección, como cascos, porque asegura que les impiden moverse con velocidad. De este modo, Tara narra el miedo y la tensión a los que se enfrenta desde pequeña por encontrarse en situaciones inadecuadas para su edad, y expone la desprotección como forma de la violencia.

—Quiero ir a la escuela.

No dio muestras de oírme.

—He rezado y quiero ir —añadí.
Mi padre levantó por fin la vista y la clavó al frente, en algo situado a mi espalda. Se hizo un silencio denso.

—En esta familia obedecemos los mandamientos del Señor.

Cogió la Biblia. Los párpados le temblaban mientras sus ojos pasaban de una línea a la siguiente. Me di la vuelta para salir, y no había llegado a la puerta cuando papá volvió a hablar.

—¿Te acuerdas de Jacob y Esaú?

—Sí.

Retomó la lectura y salí en silencio. No necesitaba ninguna explicación; conocía el significado de la historia. Quería decir que no era la hija a la que él había criado, la hija de la fe. Había querido venderme por un plato de lentejas.

Narradora y Gene, 106

Faye le dice a Tara que puede ir a la escuela si así lo desea, pero que debe pedirle permiso a su padre. Tras considerarlo durante un tiempo, ella lo hace y el padre, sin prohibírselo explícitamente, le demuestra que él no aprueba esa decisión. Asegura que ir a la escuela es actuar contra la voluntad de Dios, lo cual es un entendimiento extremo propio del fundamentalismo religioso de Gene, ya que muchos mormones sí están escolarizados. De hecho, él mismo y Faye fueron a la escuela.

Para rematar su rechazo a la posibilidad de que Tara vaya a la escuela, Gene alude a la historia bíblica de Jacob y Esaú. Se trata de dos hermanos gemelos. Esaú es el primero en nacer y, por eso, tiene derecho a heredar el liderazgo y las riquezas de su padre, pero un día, muy hambriento, le entrega ese derecho a Jacob a cambio de un plato de lentejas. Al mencionar este episodio, Gene le da a entender a Tara que se está vendiendo, que está traicionando los mandamientos divinos por querer ir a la escuela. La narración muestra, así, el poder de manipulación de Gene: Tara se siente culpable y traicionera y, en efecto, no va a la escuela.

Me agarró un puñado de pelo, un manojo grande, con la mano cerca de las raíces para tener mayor control, y me arrastró al cuarto de baño. Tanteé la puerta y me sujeté al marco, pero me levantó del suelo, me estiró los brazos a lo largo del cuerpo y me metió la cabeza en el vater

—Discúlpate —repitió.

No dije nada. Me bajé más la cabeza, hasta que con la nariz rocé la porcelana manchada. Cerré los ojos, aunque el olor me habría impedido olvidar dónde estaba. Intenté imaginar algo para pensar en otra cosa, pero la imagen que me vino a la mente fue la de Sadie sometida, sumisa. Me llené de bilis. Shawn me mantuvo con la nariz junto a la taza del vater durante quizás un minuto antes de permitir que me levantara. Tenía húmedas las puntas del pelo y dolorido el cuero cabelludo.

Creí que había terminado. Empezaba a alejarme cuando me agarró la muñeca, me la dobló y me retorció los dedos y la palma en espiral. Continuó doblándola hasta que mi cuerpo empezó a ovillarse; entonces apretó aún más, y sin pensarlo, sin darme cuenta, me retorcí hasta formar un arco brutal, con la espalda curvada, la cabeza casi tocando el suelo, el brazo en la espalda.

Narradora y Shawn, 165

Esta cita narra cómo Shawn comienza a atacar a Tara en la casa de modo repentino y brutal. Ya le ha hecho daño en otras oportunidades y la ha maltratado verbalmente. Esta vez la arrastra, la golpea y la tortura metiéndole la cabeza en el inodoro. Así, la fuerza a pedirle disculpas por no haberle dado un vaso de agua cuando él se lo pidió, minutos antes.

Shawn se impone de manera violenta y autoritaria, en particular ante las mujeres jóvenes, para controlarlas, humillarlas y obligarlas a atenderlo. Resulta significativo que, al ser torturada, Tara piense inmediatamente en Sadie, la novia de Shawn. La protagonista sabe que él también la maltrata, y está segura de que debe golpearla y torturarla tal como a ella. Esto la enoja y la indigna. Cabe destacar también que Tara intenta disociarse durante estos episodios: la violencia de la situación es tal que quiere desconectarse, distraerse, pensar en otra cosa, dejar de sentir el dolor que le infringe su hermano.

—No me toques —digo con tono terminante.

Lo que sucede a continuación se desdibuja en el recuerdo. Solo veo instantáneas: bandazos absurdos del cielo, puños que vienen hacia mí, la extraña mirada salvaje en los ojos de un hombre al que no reconozco. Veo que mis manos se aferran a una rueda y siento que unos brazos fuertes me retuercen las piernas. Algo se me mueve en el tobillo, se oye un chasquido o un crujido. Me suelto. El hombre me aparta a rastras del vehículo.

Noto el pavimento helado en la espalda; los guijarros se me clavan en la piel. Los vaqueros se me han deslizado y la cinturilla me queda por debajo de la cadera. Mientras Shawn me tiraba de las piernas he sentido cómo se me bajaban, centímetro a centímetro. La camiseta se me ha subido y me miro, veo mi cuerpo tendido en el asfalto, el sujetador y las braguitas desco-
loridas. Quiero taparme pero Shawn me ha inmovilizado las manos por encima de la cabeza. Paralizada, siento que el frío se me mete en el cuerpo. Oigo que mi voz le suplica que me deje, aunque no parece que sea yo quien habla. Oigo los sollozos de otra chica.

Narradora, 281

Mientras Tara estudia en la BYU, cada vez que visita Buck's Peak se enfrenta a diferentes comportamientos violentos de Shawn hacia ella misma y hacia otras mujeres jóvenes. En el capítulo 22 se presenta una de las escenas más violentas de Una educación. Shawn viene abusando físicamente de Tara hace años, pero esta vez abusa sexualmente de ella. El texto no es explícito al respecto. El relato es fragmentario e impreciso, porque su memoria al respecto es borrosa, desdibujada. Tiene dificultades para reconstruir el ataque porque se disocia. Además, le cuesta reconocer a su hermano en ese estado de furia.

Queda claro que Shawn la golpea, la arrastra y la saca del coche a la fuerza. A su vez, Tara siente que él le lastima las piernas, que la mantiene inmovilizada y que, de pronto, está recostada sobre el asfalto. Luego, menciona con insistencia cómo su ropa interior queda a la vista y su cuerpo, expuesto. Esta descripción de la desnudez de la protagonista lleva a pensar que el episodio incluye violencia sexual, a pesar de que no hay una mención explícita de qué hace Shawn además de golpearla y tirarla al suelo.

En abril empezó a irme bien. Escribí un trabajo sobre el concepto de autosoberanía en John Stuart Mill y mi director, el doctor David Runciman, comentó que, si mi tesina tenía la misma calidad, me aceptarían en Cambridge como alumna de doctorado. Me quedé sin habla: yo, que me había colado como una impostora en ese sitio magnífico, quizás entrara por la puerta grande. Me puse a trabajar en la tesina, para la que de nuevo elegí a Stuart Mill como tema.

Narradora, 380

A medida que avanza en sus estudios universitarios, Tara se convierte en una alumna excelente. De hecho, se gradúa con honores y comienza el posgrado en la Universidad de Cambridge en Reino Unido gracias al apoyo de una prestigiosa beca. Una vez allí, escribe una tesina, es decir, un breve trabajo de investigación original. Al corregirla, su profesor la incentiva a realizar un doctorado porque la calidad de su trabajo académico es muy alta. De todos modos, Tara tiene dificultades para aceptar que pertenece a esos espacios porque siente el peso de su pasado: aunque los demás validan su buen desempeño académico, se siente una impostora.

Cabe destacar que la protagonista elige investigar el concepto de "autosoberanía" del británico John Stuart Mill, uno de los principales intelectuales del liberalismo clásico. La autosoberanía es la capacidad de un sujeto o un grupo de sujetos de regularse y gobernarse sin la intervención de autoridades externas. El concepto suele usarse para pensar la soberanía y autonomía de naciones y comunidades, pero Tara siempre relaciona los conocimientos que adquiere a través de la educación con su vida personal. Es por ello que resulta significativo que decida estudiar esta noción mientras ella misma avanza en un proceso de transformación para liberarse de los mandatos familiares y empezar a tomar decisiones libres sobre su propia vida.

Escribí a Drew, que residía en Oriente Próximo. Le informé de que viajaría a Buck’s Peak. Me contestó con un tono apremiante y áspero, como si intentara atravesar la neblina en la que yo vivía. «Querida Tara —me escribió—. Si Shawn te apuñala, no te llevarán a un hospital. Te meterán en el sótano y te darán lavanda para la herida.» Me suplicó que no fuera, me dijo un centenar de cosas que yo ya sabía y que me traían sin cuidado, y al ver que eso no daba resultado añadió: «Me contaste tu historia para que te detuviera si alguna vez cometías alguna locura. Pues bien, Tara, esto lo es. Esto es una locura».

Narradora y Drew, 434

A medida que crece y toma distancia de sus padres, Tara se transforma y adquiere nuevos hábitos y creencias. No solo se convierte en estudiante universitaria, sino que también toma medicamentos y vacunas, realiza consultas médicas, incorpora alimentos y bebidas que su padre prohíbe y flexibiliza sus modos de vestir. Asimismo, activa una vida social que la pone en contacto con personas de otros orígenes y con otros estilos de vida. Entre ellos se destaca su novio Drew, una de las primeras personas a las que les cuenta toda la verdad sobre su familia.

El chico la cuida y le señala con firmeza que continuar frecuentando Buck's Peak es poner en riesgo su vida. Drew le pone palabras claras a la peligrosidad de ese contexto donde reinan la violencia, el desequilibro, la desprotección y la inconciencia: todo allí es una "locura". Aunque Tara está convencida de que su padre padece trastornos mentales y sabe que Shawn es violento y peligroso, tiene dificultades para dejar de visitar a la familia. Como ella misma expresa en la cita, se siente confundida, vive sumida en la "neblina", pero el novio puede ser claro y tajante al respecto. Este acompañamiento la ayuda a terminar de entender que debe romper el vínculo con su padre para poder desarrollarse plenamente de manera sana e independiente.

Se representó cuando, por razones que no alcanzo a entender, fui incapaz de atravesar el espejo y enviar a la chica de dieciséis años en mi lugar.

Hasta entonces la chica había estado presente en todo momento. Por muy distinta que pareciera —por muy ilustre que fuera mi educación y por mucho que hubiera cambiado mi aspecto—, yo seguía siendo ella. En el mejor de los casos, era dos personas, una mente fracturada. Ella estaba dentro de mí y salía cada vez que yo trasponía el umbral de la casa de mi padre.

Aquella noche la llamé y no contestó. Me abandonó. Se quedó en el espejo. Las decisiones que tomé a partir de entonces no fueron las que ella habría tomado. Fueron las de una persona cambiada, las de un ser nuevo. El desarrollo de un nuevo yo.

Podéis llamarlo transformación. Metamorfosis. Falsedad. Traición.

Yo lo llamo una educación.

Narradora, 462

Estas son las líneas finales de las memorias. En ellas, Tara observa que durante mucho tiempo ha sido dos personas al mismo tiempo: la que era de niña y adolescente, sumisa y apegada a los mandatos familiares, y la que quiere ser como adulta, libre y autónoma. Pero ahora entiende que aquella noche, cuando Shawn la amenaza con el cuchillo ensangrentado, ha sido la gran bisagra de su vida. A partir de ese momento, deja a la niña sumisa en el reflejo del espejo y pasa a ser plenamente una nueva persona, la que ella misma elige ser a medida que crece.

Tal como ha anticipado desde el título y el epígrafe de John Dewey en el libro, el gran motivo de esta transformación de su ser es la educación. Para Tara Westover, educarse ha sido un modo de conocerse a sí misma, de reflexionar sobre las experiencias propias y ajenas, de desarrollarse como ser humano, de ganar confianza y agencia sobre su propia vida y de transformarse en la persona que ha elegido ser.