Mi nombre era Eileen

Mi nombre era Eileen Temas

La identidad

La identidad es el tema que vertebra toda la novela, pues una narradora adulta relata la transformación identitaria que vivió en su juventud: pasó de ser Eileen, una chica de pueblo con una vida miserable, a transformarse en una mujer libre que vive en Nueva York. En este sentido, la novela narra las dificultades que atraviesa una mujer que no cumple con las expectativas y los mandatos sociales esperables para las muchachas jóvenes. La salida de Eileen de su pueblo, alcanzada con un alto grado de violencia, significa encarnar una nueva identidad, la de una mujer libre, que no opta por el matrimonio y los hijos como única salida.

El propio título de la novela problematiza la cuestión de esa identidad mutable, señalando que Eileen era el nombre de la versión antigua de esa mujer, pero en el presente del relato ya no lo es. En efecto, la huida de Eileen de su pueblo, atravesada por el crimen, es vivida por la protagonista como un nuevo nacimiento, como una asunción de su verdadera identidad. De todas formas, en virtud del crimen que ha cometido, la narradora parece no querer revelar del todo esa identidad pasada. Por eso, su relato debe ocultar algunos detalles de esa vida anterior, razón por la cual elige usar nombres inventados para aludir a su pueblo y su lugar de trabajo (X-ville y Moorehead).

Apariencia y realidad

El juego entre apariencia y realidad es un tema constante en la novela, y se vincula estrechamente con el tema de la identidad en juego de Eileen. Las acciones de la protagonista se rigen según el tópico de la máscara mortuoria, nombre con el que llama a la cara impostada que usa para aparentar ser otra versión de sí misma. Eileen casi nunca muestra su verdadera identidad, sino que miente para protegerse. Con esa máscara, Eileen oculta sus sentimientos, por ejemplo, la tristeza e impresión que le genera la violencia sufrida por los jóvenes en Moorehead. También la usa para impostar una apariencia elegante e interesante con Rebecca, a los fines de cautivarla y ganarse su cariño.

Asimismo, en Eileen el juego entre apariencia y realidad se conjuga con un grado de ensoñación muy grande, lo que la hace propensa a dejarse llevar por el engaño de las apariencias. Es lo que ocurre con Rebecca, quien también es experta en jugar con las apariencias y encubrir su verdadera identidad para conseguir sus objetivos. Con su apariencia cautivante, Rebecca consigue engañar a Eileen y manipularla para que la ayude en el crimen de Rita Polk, revelando con ello su verdadera condición siniestra.

La familia

El tema de la familia como forjadora de valores y principios será clave en la novela: las perturbaciones que aquejan a Eileen, y que la conducen a un desenlace criminal, tienen su raíz, en gran medida, en las carencias y los sufrimientos padecidos en su casa. La crueldad y los abusos de su padre, los maltratos y la muerte temprana de su madre, la indiferencia de su hermana, que ha sido más favorecida por sus padres que Eileen, hacen de la protagonista una muchacha temerosa y sin empatía, pues jamás aprendió a cuidar ni a ponerse en el lugar de nadie. Esas carencias son las que determinan su obsesión por ganarse la atención y el amor de los demás a cualquier costo, rasgo que será determinante en el desarrollo de los acontecimientos. Es fruto de esa carencia de amor en la familia que Eileen se vuelve propensa a hacer lo que sea —incluso matar— con tal de ganarse el cariño de Rebecca.

La hipocresía

La novela retrata la hipocresía que distingue a la sociedad de X-ville, en la que Eileen crece. Por un lado, la hipocresía se hace patente en Moorehead, institución cuyo lema, parens patriae, profesa los valores de un Estado presente y protector, pero maltrata a los jóvenes que debería cuidar. Por otra parte, la hipocresía se advierte en las actitudes sociales respecto del sexo y el decoro. Atenta a las normas y mandatos que delinean la conducta de las mujeres en esa sociedad, Eileen reconoce que imposta una actitud mojigata, mientras que en el fondo tiene fantasías sexuales con Randy y otros hombres. No obstante, ella explica que es una modalidad común a todas las jóvenes de su edad: “al igual que todas las jóvenes inteligentes, ocultaba mis vergonzosas perversiones bajo una fachada de mojigatería” (60). También el padre de Eileen es hipócrita al aparentar rectitud moral e ir a misa cada domingo, mientras puertas adentro consume pornografía y se entrega a la bebida.

El sexo

El sexo aparece en la novela constantemente, tensionado entre la prohibición y el deseo, el asco y la curiosidad. Condicionada por los mandatos y los prejuicios sociales, Eileen se comporta como una mojigata, es muy pudorosa con su cuerpo y, a sus veinticuatro años, no se ha desarrollado sexualmente. Con marcada ignorancia, desconoce cómo se comporta su cuerpo ante el deseo sexual, e incluso siente asco por esas pulsiones: “Siempre me mostré muy protectora con mis pliegues y cavernas. Naturalmente, todavía era virgen” (26).

Sin embargo, Eileen sí tiene deseos sexuales, pero carece de toda educación sexual, razón por la cual vive esos deseos como perversiones que debe ocultar, con vergüenza. Por ejemplo, siente envidia por la vida sexual que su hermana lleva con naturalidad, y su deseo sexual reprimido encuentra un espacio de realización en su imaginación: tiene fantasías sexuales con Randy, e incluso algunas otras desviadas de la norma, como cuando siente deseo sexual por un menor de edad en Moorehead.

La obsesión con el físico

La obsesión por el físico es una de las principales temáticas que aquejan a Eileen. Ella se siente fea y está obsesionada con su aspecto físico, por lo cual desarrolla muchas conductas insalubres con tal de verse mejor. Por ejemplo, come poco y mal, y consume diariamente laxantes para vaciarse. Sin embargo, nunca se siente satisfecha con los resultados, y su mirada sobre sí misma es siempre cruel y exigente. En efecto, parte de lo que la cautiva de Rebecca es que cumple con los ideales de belleza a los que ella aspira llegar.

Hacia el final de la novela, el lector se entera de que su madre siempre quiso que ella fuera flaca y le compraba ropa más chica con la esperanza de que le entrara. Una vez que su madre muere, Eileen se hace cargo de incorporar esa exigencia y tomarla como forma de vida. Eileen proyecta sobre sí misma la crueldad que otros le han prodigado. Al irse de X-ville, la muchacha ha alcanzado el objetivo de ser flaca, pero, lejos de verse bien, se siente un espantapájaros. En definitiva, la novela retrata con este tema la problemática de los trastornos alimenticios en las mujeres jóvenes y el modo en que estos son generados y alimentados por prejuicios sociales y mandatos que, casi siempre, recaen exclusivamente sobre las mujeres.

La homosexualidad y la homofobia

El tema de la homosexualidad y los prejuicios homofóbicos aparecen encarnados en la figura de Eileen. En un principio, la muchacha repite muchos de los prejuicios de la época respecto de la homosexualidad, y reconoce la paranoia de la gente de su pueblo, atenta a identificar signos de “homosexualidad latente” (23). Si bien Eileen reconoce que muchos de esos asuntos sexuales escapan a su entendimiento, repite cruelmente los prejuicios discriminatorios sobre los homosexuales. Por ejemplo, cree que sus compañeras de trabajo son homosexuales solo por el hecho de llevarse bien, y siente asco al imaginarse sus encuentros. Sin embargo, esa tendencia a imaginar escenas revela, en este caso, la curiosidad y el deseo homosexual que también parece estar desarrollándose en la Eileen de veinticuatro años. En ese sentido, el interés que desarrolla por Rebecca se inicia como una amistad, pero asume progresivamente los rasgos de un interés homoerótico, que la propia narradora reconoce hacia el final de su relato.