Los alimentos típicos chicanos
Anzaldúa afirma que la identidad chicana se relaciona con determinados sabores, colores y olores propios de los alimentos tradicionales chicanos:
Para mí la comida y ciertos olores están ligados a mi identidad, a mi patria. El humo de leña que se eleva hasta el inmenso cielo azul, el humo de leña que perfumaba la ropa de mi abuela, su piel. El olor desagradable a estiércol de vaca y las manchas amarillas en la tierra; el chasquido de un rifle calibre 22 y el olor a cordita. El queso blanco casero que se funde en una sartén, dentro de una tortilla doblada. El menudo de mi hermana Hilda, de color rojo intenso por el chile colorado, con tajaditas de panza y maíz molido que flotan en la superficie (114).
Así, se destacan imágenes visuales en torno al rojo del pimiento, el blanco del queso, el amarillo de la tierra y el azul del cielo, e imágenes olfativas que construyen los recuerdos del aroma a leña, el perfume de la abuela, o el estiércol en el campo.
Los colores de la tinta y la textura del papel
Para Anzaldúa, el proceso de escritura es doloroso y liberador al mismo tiempo. Aquí, la escritura es pensada como una práctica creativa que combina tradiciones occidentales e indígenas. Esta mezcla se presenta a través de una imagen visual que destaca el color negro de la tinta tradicional occidental y el color rojo de la tinta indígena, que retoma la tonalidad de la sangre. Ambas tintas son necesarias para realizar la tarea mental, espiritual y corporal de escribir: "Desde los dedos, mis plumas, tinta negra y roja gotea por la página. Escribo con la tinta de mi sangre. Escribo en rojo. Tinta. Conociendo íntimamente el suave tacto del papel, su mudez antes de que yo me vierta sobre las entrañas de los árboles. A diario planto batalla contra el silencio y el rojo" (127). En esta cita, además, se destaca la imagen táctil que remite a la textura del papel, resaltando, una vez más, la importancia de la dimensión material del cuerpo y su contacto con el mundo.
La piel de la abuela
En "Inmaculada, Inviolada: Como Ella", el yo lírico recuerda cuando su abuela, al visitarla, le enseñaba sobre la dignidad frente a la violencia patriarcal, la pobreza y la enfermedad. Al caracterizar a la mujer, se destaca el aspecto de su piel, afectada por cicatrices que dan cuenta de las diferentes violencias que ha recibido su cuerpo:
Veía las cicatrices de quemaduras
en su cuello y pechos
que se volvían manchas de pergamino
captaban el brillo de la lumbre
se tornaban rosado y violeta sobre la piel azul.
(162)
La descripción de este cuerpo herido se potencia con la imagen visual de los últimos versos citados: la coloración de la piel de esta mujer cobra los colores rosado, violeta y azul del fuego con el que ha sido quemada.
Los lamentos de La Llorona
En "Mis Angelos negros", se presenta la figura fantasmática de La Llorona, un espíritu femenino que merodea por las noches buscando a sus hijos muertos y llorando por ellos. El elemento que la identifica, tal como indica su propio apelativo, es el llanto, y en este poema se lo elabora a través de imágenes auditivas. Además, a lo largo del poema se repite la onomatopeya "aí" extendida, emulando el sonido de estos lamentos:
En la noche escucho su gemido suave
salvaje cabello suelto
suena en el silencio.
Una mujer vaga en la noche
anda errante con las almas de los muertos.Aiiii aiiiii aiiiiii
Ella llora por el niño muerto
el amante que se ha ido, el que no ha llegado:
Su grito hace astillas la noche(250)