Resumen
Acto IV, Escena 5
Fausto reflexiona junto a Mefisto sobre la inminente llegada de sus últimos años, y decide regresar a Wittenberg. Luego, se presenta un mercader que desea comprar su caballo por cuarenta coronas. Fausto acepta la oferta, pero le advierte que no debe hacer que el caballo entre en el agua bajo ninguna circunstancia. El mercader pregunta si, en el caso de que el caballo se enfermara, puede llevarle a Fausto la orina del animal, para determinar cuál es su enfermedad. Fausto le dice que se vaya.
Después, Fausto reflexiona sobre su fatal condena. Se siente desesperado y recuerda que Cristo se dirigió a un hombre condenado en la cruz, cerca de su muerte. Esto último lo anima a descansar serenamente y se duerme en su silla. A continuación, regresa el mercader llorando, porque metió su caballo en un estanque, desconfiando de las palabras de Fausto, y el animal se convirtió en un fardo de paja. Mefisto intenta impedir que el mercader despierte a su amo, pero el hombre insiste y, al tirar de la pierna de Fausto, esta se desprende. El conjurador grita entonces, fingiendo dolor, y Mefisto amenaza con llamar al alguacil. El mercader, atemorizado, promete entregar cuarenta coronas más para que le permitan marcharse.
Cuando el mercader se retira, Fausto revela estar ileso, y se muestra satisfecho con el truco que acaba de realizar, así como con las cuarenta coronas adicionales que obtuvo con él. Luego, Wagner le informa que el duque de Vanholt desea su compañía, y Fausto decide emprender el viaje para ir a verlo.
Acto IV, Escena 6
El payaso, Dick, el mercader y un carrero están en una posada. La posadera ingresa y el payaso menciona una deuda de dieciocho peniques que contrajo. La posadera se muestra dispuesta a esperar que la salde más tarde y se dirige a buscar unas cervezas que Dick le pide.
Allí, el carrero narra lo que le sucedió camino a Wittenberg cuando se encontró al doctor “Fauster” (4.6. 20): este ofreció pagarle por todo el heno de su carga que pudiera comerse y él, desestimando la cantidad, pidió a cambio muy poco dinero. Luego, para su sorpresa, el conjurador comió la carga completa de heno. A continuación, el mercader narra lo que le aconteció con el caballo que le compró al doctor, y agrega que, en respuesta a lo ocurrido, tiró de la pierna de Fausto hasta que se la arrancó. El payaso parece alegrarse y comenta que uno de los diablos del doctor lo convirtió en mono. Finalmente, el carrero pide más bebida. Los hombres se disponen a seguir bebiendo e ir a buscar a Fausto más tarde.
Acto IV, Escena 7
En la corte, el duque de Vanholt le agradece a Fausto por haber producido la visión de un castillo encantado en el aire, y añade que aquello lo deleitó tanto como ninguna otra cosa en el mundo. Al ver que la duquesa no disfrutó lo suficiente de su magia, Fausto le ofrece conseguir lo que desee, y ella pide un plato de uvas maduras, a pesar de que es invierno. Fausto envía inmediatamente a Mefisto a buscarlas, y este las trae. El duque le pregunta entonces cómo consiguió las uvas en esa época del año, y Fausto da una explicación sobre cómo se invierten las estaciones en el “círculo contrario” (4.7. 24) del mundo.
Luego, el payaso, Dick, el carrero y el mercader golpean las puertas, produciendo un alboroto. Un sirviente le comunica al duque que los hombres desean ver a Fausto, y el conjurador pide que les permitan el ingreso. Cuando entran, el payaso le reclama a Fausto su dinero y pide que traigan cervezas. El mercader hace preguntas en torno a la supuesta pierna de palo que cree que Fausto posee, y este los sorprende a todos mostrando la falsedad de dicha suposición. Luego, entra la posadera con bebidas, y Fausto enmudece a los visitantes, uno por uno, a medida que ellos manifiestan sus quejas contra él. Ellos se retiran y la posadera pregunta quién pagará las bebidas. Entonces Fausto le quita el habla también a ella. Finalmente, la duquesa se muestra complacida, y el duque promete recompensarlo y afirma que las ingeniosas bromas de Fausto borran los pensamientos tristes.
Análisis
Fausto se vuelve más mediocre y autocomplaciente a medida que avanza la obra. Asimismo, la relevancia y el poder de sus antagonistas también disminuye. En Roma, su oponente era, aunque cruel y alejado de la santidad, el papa; también allí se había enfrentado a clérigos con cierto poder, aunque representados de manera caricaturesca. En la corte del emperador Carlos V, Fausto se enfrenta a un grupo de nobles valientes y solidarios. En la corte de Vanholt, en cambio, se enfrenta a un grupo de pícaros de baja condición social. Además, en este caso, el anfitrión es menos poderoso respecto al anterior, ya que se trata de un duque.
Por otro lado, los viajes de Fausto parecen tener un rumbo incierto. El protagonista parece moverse de una corte a otra con el único propósito de complacer a la nobleza. También sus proezas son cada vez más insignificantes, de manera que él mismo termina asemejándose a un pícaro que se limita a hacer bromas y hechizos sencillos.
Estas últimas escenas muestran además que Fausto ha malgastado su tiempo y su magia estafando campesinos. El protagonista, muy lejos de las ambiciones de poder y grandeza que poseía al comienzo de la obra, se vuelve patético, casi un antihéroe. El declive del personaje puede leerse, en este sentido, como una crítica a las ambiciones mundanas. También, el mismo declive puede ser una forma de mostrar que, con el pacto con el diablo, la realización de deseos no se cumple tal como se espera.
En la quinta escena, Fausto comienza a reflexionar, con lenguaje solemne, sobre el inminente final de sus días y sobre su condena:
Ahora, Mefistófeles, el incansable curso
que el tiempo recorre con pie calmo y mortal,
acortando mis días y el hilo de mi vida,
exige el pago de mis últimos días.
(4.5. 1-4)
Más adelante, reflexiona también sobre su condición: “¿Qué eres Fausto, sino un hombre condenado a morir?” (4.5. 35). El pensamiento lo desespera, pero se reconforta pensando en que “Cristo llamó a un ladrón sobre la cruz” (4.5. 39). La alusión remite a un pasaje bíblico: Cristo se dirige a uno de los dos condenados a la cruz que está junto a él y afirma: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Jn, 23, 43). La referencia permite pensar que Fausto, como pecador, aún tiene tiempo de arrepentirse y evitar ir al infierno, y acaso al protagonista lo consuela esa posibilidad. Eso significaría un cambio de actitud del protagonista, quien en ocasiones niega la existencia del infierno, afirmando que cree que se trata de una fábula (1.5.123), o cree que ya no tiene oportunidad de arrepentirse. Sin embargo, Fausto no se arrepiente, tal vez porque cree que puede esperar al momento final para hacerlo. En cambio, se duerme y, más tarde, se distrae con un truco insignificante, haciendo creer al mercader que le ha arrancado la pierna. Como en ocasiones anteriores (1.5 y 2.1), después de un momento de desesperación, vemos al protagonista distraerse fácilmente y dejar atrás el motivo de su preocupación.
Por otra parte, el episodio en el que Fausto engaña al mercader, como otros episodios cómicos, puede ser entendido como una subtrama que comenta eventos de la trama principal, mostrándolos de manera algo diferente. Por ejemplo, en este caso, el tema de la negociación por la compra del caballo y sus condiciones repite el tema del pacto con el demonio y sus consecuencias adversas. Tanto Fausto, en un caso, como el mercader, en otro, terminan ampliamente perjudicados con la negociación, puesto que se puede decir que no han adquirido más que ilusiones: el caballo del mercader se convierte en un fardo de paja y la magia que Fausto adquiere con el pacto no le permite alcanzar los objetivos que a los que él aspiraba inicialmente. Finalmente, en la misma escena, el falso desmembramiento de la pierna de Fausto es un presagio su trágico final, desgarrado por los diablos.
Observamos también que Mefisto actúa acá como un cómplice de la treta de Fausto, puesto que es el demonio quien amenaza con llamar al alguacil y precipita al mercader a ofrecer cuarenta coronas adicionales para evitar su castigo. La actitud de Mefisto en esta ocasión, colaborando con la broma, dista mucho de ser la cínica y aterradora que adquiere luego, en el acto final.
La escena siete comienza in medias res (en medio del asunto): las palabras del duque se refieren a un espectáculo que acaba de ocurrir fuera del escenario, la visión de un castillo encantado en el aire. Esta escena muestra, una vez más, la trivialidad de los logros de Fausto y su afán por complacer a la nobleza, incluso en sus apetitos antinaturales, como el de comer uvas en invierno.
A diferencia de otras ocasiones, en este caso podemos observar que la trama secundaria de la escena anterior se conecta con la trama principal de la obra, cuando los personajes de aquella escena se reúnen en la corte de Vanholt. Por otra parte, la multiplicidad de personajes de las escenas episódicas crea la impresión de que la fama de Fausto se ha extendido hasta alcanzar un amplio espectro social, que abarca desde los más humildes a los más poderosos.