Matate, amor

Matate, amor El bosque en la literatura

El bosque es un espacio con múltiples significados en la literatura. Tiene funciones ambivalentes: es un lugar de peligro o perdición, o, por el contrario, puede ser mágico y encantador. En ocasiones representa un lugar de iniciación y transformación, o un escenario de pruebas, pero también es un sitio de refugio y de resistencia ante la autoridad: puede funcionar así como asilo de forajidos. En algunos casos, además, el bosque representa un espacio de conexión espiritual o de encuentros amorosos, especialmente cuando se trata de amores furtivos.

En general, en la literatura, el bosque se opone al orden social establecido o funciona como sombra de la sociedad. Muchas veces, la imagen de la o el salvaje que habita en él sirve como contrapunto de la mujer y del hombre civilizado, mostrando cómo pueden corromperse las mejores virtudes del ser humano. El bosque se asocia, en este sentido, a la bestialidad que vive en lo humano. Por último, también el bosque es un lugar de introspección y de revelación de características identitarias.

En la novela Matate, amor, el bosque representa lo salvaje y lo instintivo, y también es un espacio de refugio y de liberación. Vemos que la protagonista baja al bosque en muchas ocasiones. Por ejemplo, la noche de Navidad, agotada por las contracciones y atosigada por las preguntas incómodas de su familia política, se dirige al bosque en busca de refugio y comenta: “Solo en casos de emergencia bajo hasta acá de noche” (25). También en otra oportunidad, cuando su suegra la importuna con preguntas sobre sus actividades, la narradora se refugia en el bosque: “¿De dónde venís? ¿Qué hacés mañana? ¿A qué hora te levantaste? ¿Practicaste pronunciación? ¿Vocabulario? Así nunca vas a pasar las entrevistas laborales. ¿Adónde van? Oí y entré jadeando al bosque. Una yegua de carga parturienta no lo habría hecho más lento” (64).

Además, el bosque es un lugar de transformación para la protagonista. Cuando baja al bosque con su hijo, ambos personajes adquieren características animales. La narradora lo sugiere así a través de numerosas metáforas y símiles: “Escuché un disparo y di vuelta la cabeza con la misma intriga cándida de los bambis” (69); “Imitamos los sonidos de los animales y fuimos parte de ellos” (70); “Como las bestias que paren críos muertos a la mitad del camino y se quedan ahí durante días después del nacimiento pateándolos para que resuciten, lo sacudí y lo envolví en mi carne roja” (Ídem.); “lo empujo con las patas (…)” (71). Más tarde, cuando los vecinos los buscan, la narradora comenta: “Unas voces dicen nuestros nombres que ya olvidamos” (Ídem.), dando cuenta, así, de la transformación momentánea de su identidad experimentada en el espacio del bosque.

Por otra parte, en la escena final, los protagonistas entran en el bosque. Esta vez, el bosque se representa con una imagen amenazante: “El bosque eran árboles como tigres alzados” (154). En esta oportunidad, la narradora comenta: “El ciervo no aparecía y en cambio estaba yo” (Ídem.), dando a entender, de esta manera, que ella ocupa, metafóricamente, el lugar del animal. Al final, después de separarse de su familia, la protagonista se interna en el bosque: “me vio perderme entre matorrales” (155). Su acción puede interpretarse, en este contexto, como una búsqueda de libertad, como una forma de escapar de las normas sociales. Pero, sobre todo, es posible suponer que la protagonista adquiere allí un carácter salvaje. Esta idea aparece sugerida en la frase final de la novela: “(…) en un momento tuve (…) una tristeza excitante, salvaje” (155).