Matate, amor

Matate, amor Resumen y Análisis Quinta parte

Resumen

Durante la primera mañana de la narradora dentro del hospital psiquiátrico, un médico la visita, la entrevista brevemente, le dice que se puede ir cuando quiera y que aquel solo es un sitio más calmo que el resto. La narradora se siente contenta de estar internada allí, en ese establecimiento que tiene mucho de hotel, limpio y confortable. Baja al comedor “con la impresión de vivir” (127), saluda a otros internos y se dirige al parque. Pronto nota que, prácticamente, no hay mujeres en el hospital, y se pregunta por qué su marido decidió internarla allí. Después de comer juega a las cartas y un compañero de equipo la mira con lascivia. A la noche, acostada, se deja llevar por el deseo que “él” (129) le despierta.

Frente a un terapeuta, el marido de la narradora intenta persuadirla para que ella comente lo que sucedió. Afirma que no deseará tocarla hasta que no lo diga, ni dejará de escaparse, ni de “estar alerta” (130). Entonces se produce un silencio incómodo. En la sala contigua, alguien le canta el arrorró al bebé, para que la pareja pueda dialogar y resolver sus problemas conyugales. En la sala suena “música para pensar” (Ídem), tal como la denomina el terapeuta. Es música que la narradora aborrece. Su marido se enfurece y ella cree que acabarán divorciándose por el “mal uso de la lengua” (131) que él hace. Entre los dos se desata una breve discusión: él la acusa de no ser “normal” (131) y de no estar relajada; ella le reprocha que nunca mantienen relaciones sexuales. El terapeuta habla de “tolerancia” (Ídem.) y “respeto por el otro” (Ídem.), pero ellos apenas lo escuchan. Poco después, la narradora se sorprende al afirmar: “te voy a reventar a palazos” (132), sin saber cómo llegó a eso. Él la acusa de ser negligente y, luego, ella sugiere, en broma, incluir al bebé en una terapia familiar. El marido afirma que ella es infantil, frente a la mirada de aprobación del terapeuta y, finalmente, la narradora lo abraza, apretándolo fuertemente.

El marido y su hijo abandonan el hospital psiquiátrico y la narradora permanece mirando el parque, con la sensación de haber arruinado todo. Tiene ganas de disparar y escucha el sonido que emiten los pájaros al atardecer. Con las manos en forma de revólver, camina por un pasillo con puertas vidriadas y observa, a través de ellas, que el terapeuta la sigue de cerca. Él advierte que ella gatilla con el dedo índice y la instiga a entrar en su oficina. Allí le comenta que su marido prefiere que ella permanezca internada durante una semana más. La narradora accede; afirma sentirse responsable e indica que va a repensar su rol de esposa y de madre. Luego deshace la figura del arma que formaba con sus manos. Él pretende convencerla de “declarar” (134), pero la mirada de ella lo disuade y, entonces, abre la puerta de su oficina. Enseguida, la narradora corre a su habitación, donde intenta comunicarse con su marido, pero él no atiende. Ella corre por el pasillo y toma un atajo, sin cruzar a nadie. Después, imagina lo que estarán haciendo su marido y su hijo: los imagina bañándose, arrancando verduras de la huerta, comiendo un postre helado, observando las estrellas y olvidándose paulatinamente de ella.

Poco tiempo después, una madrugada, la narradora baja a desayunar, mientras su marido e hijo la esperan en la vereda de enfrente del hospital. El marido afirma que es un día importante, y ella sube a la camioneta que un tío le dio a él. Durante la parte inicial del viaje, la narradora siente que son “felices” (136), una “familia tipo” (Ídem.). Al llegar a la playa, el marido prepara al bebé para su primer contacto con el mar y le cuenta a ella una anécdota de su infancia. La narradora se siente una buena mujer escuchándolo, y él le recuerda que filme el momento preciso en que el bebé entra en el mar. Poco después, el hijo se une a un grupo de bebés que corren por la arena. Entonces, el marido se duerme recostado al sol y la narradora observa que tiene una erección descomunal. Lo mira, atónita, lo sacude, y luego le levanta la malla. Una mujer le advierte que es una playa familiar, y ella, sintiéndose celosa, le grita a su marido, le pide explicaciones y lo golpea en el pecho. Entonces, los niños de la playa comienzan a llorar y a gritar, y un grupo de personas pide la intervención del bañero. El marido, sin defender a la narradora, se aleja con el bebé, y ella es atacada con agravios y obscenidades. Más tarde, en el auto, la narradora y el marido viajan en silencio y advierten, repentinamente, que no han llevado al bebé a que conociera el mar.

Una noche, la narradora sigue a su bebé, que recorre la casa somnoliento y haciendo caer objetos a su paso, mientras su marido duerme con el celular sobre su pecho. Finalmente, cuando ella logra acostar al bebé en su cuna, se acerca a la puerta con la intención de salir al encuentro con su vecino. Justo entonces, su marido se acerca semidormido, buscando un cigarrillo, y le pregunta a dónde se dirige. Ella miente, señalando que va a sacar la basura, y su marido le ofrece sacarla al día siguiente. Después, él pone a calentar agua, agrega leña a la estufa y pica galletas para el bebé, de manera que ella se ve obligada a permanecer en la casa. La narradora, entonces, intenta escuchar el sonido del anillo del vecino rozando la reja, para saber dónde se encuentra, y lleva a cabo algunas actividades para pasar el tiempo. Su marido comienza una partida de ajedrez, solo, y luego se retira, preguntándole hasta qué hora se quedará despierta. Más tarde, cuando la narradora está a punto de salir, él le advierte, desde el baño, que tenga cuidado. Al salir, ella se encuentra con su vecino y olvida “todo lo anterior” (142). Afirma: “lo devoré” (Ídem.).

La narradora piensa que la vida “no fluye” (143), mientras le asignan interconsultas con diversos profesionales a causa de los acontecimientos durante el día de la salida al mar con su familia. Luego, tras un ejercicio en el que ella debe permanecer aislada, frente a un espejo, por horas, la narradora afirma que es una “basura” (ídem.), y un profesional la indaga sobre aquella percepción. Ella casi no responde. Entonces le preguntan si “extraña a los suyos” y si “extraña su tierra” (Ídem.). Como con la cabeza “dentro de un tanque de agua” (Ídem.), la narradora piensa en su hijo. Lo describe como un exiliado. Mientras los profesionales continúan hablando, en la cabeza de la narradora suena English Suite 01. Ellos insisten con preguntas acerca de lo que ocurrió el día de la salida al mar y ella se mantiene en silencio mientras recuerda un día de su infancia en el que, con tres años, se escapó de su familia en una playa. Rememora la satisfacción que sintió a hombros del bañero, con las personas aplaudiendo a su paso. Entonces se sentía una estrella rusa a la que aplaudían en un circo. Finalmente, sus padres la encontraron y corrieron a abrazarla, pero ella intentó aferrarse al bañero. Entonces piensa que su hijo, el día que fueron a la playa, quería quedarse con una familia desconocida para siempre. La sesión termina y ella sale hacia el corredor del hospital con resaca, caminando con movimientos inestables. Se ríe al preguntarse quién es, y se responde que es “esa madre que acaba delante de su hijo, esa hijita que vio a su padre” (145). Sale y se acuesta sobre el césped en el centro del parque. Allí observa la oscuridad en su entorno. La atmósfera le recuerda las madrugadas de su niñez, cuando la vestían dormida para salir de viaje. El cielo evoca el cielo que vio aquella vez, en los hombros del bañero, mientras estaba perdida y se sentía “inencontrable” (146).

La narradora se despierta y nota, como quien se despierta y encuentra que le falta una parte de su cuerpo, que ya no siente el amor de su hijo. Entonces, cree que ver el ciervo y ser mirada por este podría ayudarla, pero, al salir de la habitación, advierte que se encuentra en el hospital. Allí, un grupo de personas le venda los ojos, la marea y pone en sus manos una aguja. Las personas la palpan y, con gritos de festejo, la conducen a que pinche una piñata. Luego le sacan las vendas, le dan cartas y amuletos y, deseándole lo mejor para la “vida que comienza” (148), la conducen a la salida. Ella siente que es un comienzo porque “lo tétrico está ahí” (ídem.). Su marido la espera a la salida con quien ella identifica como hijo de él, y la narradora observa que el bebé ya camina, que su cabello creció, que tiene más dientes y emite nuevos sonidos. Al borde del camino, a orillas de un río, después de pedirle a la narradora que cierre los ojos, el marido abre el techo del auto y el bebé se agita, mostrando felicidad. Después de descender del auto, y desobedeciendo a la narradora, el niño alza las manos al viento y arroja piedras al río. Ella se queja ante el marido, pero él no hace nada al respecto.

Al regresar a su pueblo, la narradora observa todo como “existiendo de nuevo” (149): tractores, cobertizos, vecinos fumando en sus puertas. En su casa nota algunas modificaciones: un microondas, un mantel bordado y un teléfono nuevo, inalámbrico. Entonces, sentada frente a la chimenea, vuelve a su mano el reflejo del “primer cuchillo” (ídem.) con el que soñó. Piensa que, si su estadía en el hospital hubiera sido una internación en vez de una penitencia, o un “manicomio serio” (ídem.) en vez de una casa de reposo, ella no estaría experimentando esa sensación. Espantada, se dirige a la puerta de vidrio que anteriormente atravesó y advierte que, ahora, tiene mosquitero. Entonces, sale y corre a buscar al ciervo, anhelando su encuentro.

La casa está decorada para celebrar el segundo cumpleaños del hijo de la narradora, y en la mente de ella permanece el recuerdo de su parto. Después de la foto soplando las velas, el niño corre y la narradora observa que los hijos de los vecinos que están allí juegan juegos tradicionales. Ella toma vino del día anterior y se pasea entre los invitados. Después de tomar algunos vasos más, de pronto fija la mirada en un montículo de tierra, sin entender el motivo, y poco después advierte que es la tumba de Bloodie. Entonces, recuerda el día en que mató al animal, y observa que los niños pasan por encima de su improvisada tumba cantando y riendo. A causa de eso, o por efecto del vino rancio, o por el aspecto de sus invitados con sus bocas embadurnadas de banana, la narradora se encierra en un cuarto tras dar un portazo. El marido la llama con diferentes apelativos, intentando convencerla de que salga. Ella lo desoye y tiene la impresión de que Bloodie gruñe, reclamándole que lo haya asesinado.

Poco después, mientras los invitados están despidiéndose, ella sale repentinamente, cruza el comedor, sube al auto descapotable y acelera. El marido le pregunta a gritos a dónde se dirige y le recuerda que no posee licencia para conducir. Ella replica que le regala al hijo, que él lo merece más que ella, y se aleja mientras los invitados acuden a ver qué sucede y rumorean.

Entonces, la narradora llega a la casa de su vecino y amante, y nota que la hija de él está sola en la casa. Allí, recorre las habitaciones, observa todo lo que su amante mira desde que se levanta y se duerme en un sillón del living. Sueña con el ciervo y con su amante. Se despierta oyendo risas. Por el sendero de la casa se aproximan su amante y su esposa. La narradora sale a su encuentro y la mujer la mira, horrorizada. El hombre, entonces, le indica a su mujer que se quede con su hija y se aleja con la narradora, tomándola del brazo. Apartados unos cincuenta metros de la casa, sin hablar, se besan, hasta que llega el marido de la narradora en una pequeña moto. Ambos hombres se alejan para dialogar, a una distancia a la que ella no puede escucharlos, y ella cree que la conversación entre ellos adquiere un tono distendido. Al anochecer, cae sobre ellos una lluvia fina. Los hombres parecen comprenderse y ponerse de acuerdo, y uno de ellos avanza, finalmente, hacia la narradora. Por un momento, ella se pregunta cuál de los dos se aproxima y cuál será el destino de ella, hasta que escucha toser al hombre y entiende que es su marido. En el auto, la narradora interrumpe el silencio preguntando por una hilera de cipreses que no había notado antes, y él le dice que siempre estuvo ahí.

Cuando el marido detiene el auto en las inmediaciones de su casa, exhala profundamente y le pregunta, sorprendiendo a la narradora, qué quiere hacer. Un silencio ahogado sigue a la declaración de él de que no podrá olvidar y, después, él le revela que el vecino y su mujer están esperando “mellicitos” (154). La pareja se ríe, acaso de la palabra “mellicitos”, y el marido propone, ahogado en una tos, tener otro hijo. Ambos se ríen con risotadas y ella baja del auto, sin abrir la puerta, y se pierde entre los matorrales. El primer momento después de la separación es para la narradora de un dolor intenso. Permanece de luto durante un tiempo y, luego, como una viuda que comienza a vivir sin su marido, siente una tristeza “excitante” (155) y “salvaje” (Ídem.).

Análisis

En el comienzo de la última parte de la novela, la narradora se encuentra en una institución psiquiátrica, y en el relato de su primer día de internación señala, por primera vez, estar contenta. Además, se nombra a sí misma como “pupila” (127), es decir, como una alumna o una huérfana menor de edad que se encontrara en un establecimiento educativo, en lugar de llamarse “paciente”. El mismo establecimiento, por otra parte, le da a ella la impresión de ser un hotel limpio y confortable, lo que hace suponer que la estadía adquiere para ella cierta apariencia de vacaciones. Finalmente, poco después comenta: “(…) bajé al comedor con la impresión de vivir. (…) [Alguien] había resucitado” (127).

Vemos que, para la narradora, no está del todo aclarado el motivo de la internación: cuando advierte que, prácticamente, no hay mujeres internadas, se pregunta si su marido la llevó a aquel hospital para ver cuánto resiste, o para asquear a una “ninfómana” (128). Además, en otras ocasiones, ella se refiere al periodo dentro del establecimiento como una “penitencia” (134, 149). Por otra parte, pese al tiempo que permanece allí, ella no percibe mejoras ni efectos positivos como resultado de su internación. El día del regreso a su casa, casi al final de la novela, se repite el motivo del cuchillo con el que se inicia el primer fragmento: “El reflejo del primer cuchillo con el que soñé volvió a mi mano” (149). Eso da lugar a una crítica dirigida al establecimiento psiquiátrico: “Si en vez de penitencia hubiese sido una internación, si en vez de casa de reposo hubiese sido un manicomio en serio, no tendría este facón en mi mano” (Ídem.).

En otra oportunidad, además, la narradora muestra lo ineficaz que le resulta el discurso de los terapeutas: “Y siguieron haciendo ruido con palabras que se disecaban. Hablaban apenas turnándose, en mi cabeza sonaba English Suite 01” (143). También satiriza la forma en la que hablan, comparándola con el parloteo de cotorras: “Esas dos cotorras me habían dado mazazos en la cabeza” (145).

El encierro en el psiquiátrico se muestra, en parte, como consecuencia de un conflicto de la narradora en torno a la maternidad y la normalización del rol materno con criterios que ella cuestiona. En ocasión de una sesión de terapia en pareja, la narradora exhorta al marido: “Demandame por falta de cuidados, eso que ves en las películas yanquis de madres desequilibradas que al final no se pegan un tiro ni nada y se integran a la familia y cocinan galletas de chocolate los domingos” (132). En otra oportunidad evoca una sesión con un terapeuta: “dije que me sentía responsable, que iba a repensar mi rol de esposa y madre, que era útil quedarme un tiempo más (…)” (134).

A propósito, es notable también que la protagonista se encuentra atrapada dentro de sus propios estereotipos sobre la familia y la maternidad. Por ejemplo, vemos que en el viaje en camioneta hacia el mar, comenta: “durante algunos kilómetros hacia el sur, fuimos una familia tipo, madre-padre-hijo, que lleva protector solar número 25, termo y abrigo para el atardecer” (136).

Por otro lado, el final de la novela, cuando la protagonista abandona a su familia, se anticipa en varias ocasiones. En primer lugar, una de las noches durante su internación, la protagonista imagina qué estarían haciendo su marido y su hijo y, finalmente, los imagina: “Los veo olvidándose paulatinamente de mí esta noche y lentamente la que sigue también” (135). En dos oportunidades se refiere al hijo como “su” bebé (es decir, el bebé del marido) (133, 148). Luego, una noche en la que ella espera ver a su amante en las inmediaciones de su casa, afirma: “Dentro dormía el hijo de otra. Parir, ¿para qué?” (141). Y, finalmente, a modo de presagio, la última mañana dentro del establecimiento psiquiátrico, ella se despierta y nota que ya no siente el amor de su hijo: “Noté, como le pasaría a alguien que se encuentra con que le falta un brazo o un ojo, que ya no siento el amor de mi hijo” (145). Es notable, además, en este último pasaje, el cambio al tiempo presente en el verbo “sentir”, mientras se conserva el tiempo pasado en el resto de la narración. Tal vez, de este modo la narradora sugiere que el sentimiento se extiende a un tiempo posterior del relato. Asimismo, la comparación con la mutilación presagia el sentimiento intensamente doloroso que la protagonista experimenta, al menos en el momento inicial, luego de dejar a su familia.

Al final, en el último segmento, la protagonista le dice a su marido que le “regala” al hijo: “Es tuyo, te lo regalo, te lo doy envuelto en papel de seda, vos te lo merecés más que yo. Te lo doy. A nuestro hijo, dije (…)” (152). En este último fragmento también está muy presente el tema de la muerte: la narradora recuerda la muerte del perro Bloodie, después de mirar un montículo de tierra debajo del cual yace su cuerpo y sobre el que pasan cantando y riendo los niños invitados al cumpleaños. El recuerdo la perturba y es entonces cuando abandona la fiesta para encerrarse en un cuarto. Desde allí piensa o le dice al marido “matate, amor” (151), mientras él intenta convencerla de que salga y de que no arruine la fiesta. Poco después, la muerte reaparece en las líneas finales del texto, aunque se trata de una muerte metafórica: la separación de su familia está asociada para la protagonista con la idea de la muerte. Por eso se refiere a un tiempo de luto y se compara con una viuda en las líneas finales: “Estuve de luto mucho tiempo, pero en un momento tuve, como la viuda cuando pone la llave en la puerta de su casa, por primera vez, como cuando cena sin hablar, por primera vez, como la viuda cuando se acuesta sola, por primera vez, una tristeza excitante, salvaje” (155).

Podemos observar, como señala Crespi, que “[la novela] no narra un aprendizaje: no muestra un despertar ni una ‘toma de conciencia’ (…). No es en efecto el relato de develamiento de una realidad atroz oculta bajo la piel tersa de una realidad cotidiana” (2021; párr. 1), sino que es, más bien, “la exposición cruda del estado de hipocresía con que día a día se elabora su blindaje” (Ídem.). Lo que le queda a la protagonista, al final de la novela, es huir de esa realidad que se muestra incómoda y conflictiva. En la última escena, se interna en el bosque (“me vio perderme entre matorrales”, 155) y, aunque el final es abierto, su acción parece responder a un deseo de escapar de los imperativos y de las normas sociales de las que acaso se siente prisionera.