El cuchillo (Motivo)
Al comienzo de la novela se introduce un cuchillo imaginario que la narradora tiene la impresión de sostener en sus manos y con el que insinúa que podría cortarse la yugular o matar a su familia. Este elemento reaparece poco después: "El sol me devuelve el reflejo plateado del cuchillo en la mano y me ciega" (9). Luego, hacia el final de la novela, la protagonista se refiere a ese "primer cuchillo con el que soñé" (149), al que también llama "facón" (Ídem.). De este modo, este objeto constituye un motivo que vuelve a lo largo de la obra y, en todos los casos, representa los deseos destructivos de la narradora. Aunque ella en una oportunidad señala: "no soy para nada una asesina" (91), se hace evidente que el deseo de matar permanece latente en ella.
La luz (Motivo)
En esta novela, la luz es un motivo que viene generalmente asociado al cuchillo, y también alude al peligro y los deseos destructivos de la narradora. En la escena inicial, es el sol que calienta la palma de su mano el que da a la protagonista la impresión de llevar un cuchillo. Más tarde, nuevamente, es el sol el que le devuelve el reflejo del cuchillo. Posteriormente, en otra oportunidad, la narradora se refiere a su deseo de matar y afirma: "No es que pensara seriamente en matarlo, pero, en ese momento, con esa luz, estaba tentada" (91). Finalmente, hacia el final de la novela, cuando vuelve a las manos de la narradora el reflejo del cuchillo que había imaginado sostener inicialmente, la impresión se asocia una vez más con la luz, aunque en este caso se trata de un resplandor de la chimenea: "Me senté en el sillón frente a la chimenea. Los movimientos de ellos eran halos de luz. El reflejo del primer cuchillo con el que soñé volvió a mi mano" (149).
El bosque (Símbolo)
En la novela, el bosque es un símbolo del instinto salvaje y de la libertad. La narradora se identifica con animales en el espacio del bosque y acude a él como refugio en algunas ocasiones, cuando se siente hostigada. Por ejemplo, ella narra, a propósito de una oportunidad en la que su suegra la importuna con preguntas: “¿De dónde venís? ¿Qué hacés mañana? ¿A qué hora te levantaste? ¿Practicaste pronunciación? ¿Vocabulario? Así nunca vas a pasar las entrevistas laborales. ¿Adónde van? Oí y entré jadeando al bosque” (64).
Al final de la novela, la protagonista se interna en el bosque, después de separarse de su familia. En ese contexto, su acción puede interpretarse como una búsqueda de libertad y como una forma de escapar de las normas sociales. Además, es posible conjeturar que allí, en el bosque, ella adquiere un carácter salvaje. Esta idea aparece sugerida en la frase final de la novela: “(...) en un momento tuve (...) una tristeza excitante, salvaje” (155).
La mirada del ciervo (Motivo)
La mirada del ciervo constituye otro motivo que se repite a lo largo de la obra. En la tercera sección de la novela, la narradora la menciona por primera vez, y la describe como una mirada "brutal" (18). También se hace evidente que es una mirada única, ya que dice del ciervo que la mira "como no me miró nadie nunca" (Ídem.). La mirada despierta inmediatamente el afecto de la narradora y, más tarde, alcanza un carácter místico, cuando ella compara el acto de mirar a los ojos al ciervo con el acto de levitar: "si levitar es algo, mirarlo a los ojos era lo más parecido" (66). Más tarde, manifiesta que aquella mirada la “salva”: “Lo que me salva esta noche y el resto no es para nada el amor de mi hombre ni de mi hijo. Lo que me salva es el ojo dorado del ciervo, mirándome todavía” (68).
Asimismo, el ciervo parece el único capaz de comprender a la narradora, quien afirma que él es "el que sabe mirar" (71) su tristeza infinita. Por último, la mirada del ciervo le ofrece calma, por lo que ella recurre a él en busca de ayuda. Por ejemplo, el último día de su internación en el establecimiento psiquiátrico, después de notar que ya no siente el amor de su hijo, la narradora comenta: "Pensé que ver al ciervo, y que el ciervo me mirara, podía ayudarme, y salí a buscarlo" (149).
El arroz crudo (Símbolo)
El arroz crudo es un símbolo de fertilidad y abundancia que se lanza al final del ritual de la celebración matrimonial para desear prosperidad a los recién casados. En esta novela, el elemento puede leerse como un símbolo del matrimonio en general. En la boda que celebran los protagonistas, la narradora comenta: "y tiraron arroz crudo que se metió en los poros de mi cabeza" (121). Acá podemos advertir que el elemento adquiere un carácter agresivo, lo que da cuenta el carácter mismo de aquel matrimonio. También el comentario puede leerse como un mal presagio sobre el futuro del matrimonio que la pareja acaba de formalizar.