Matate, amor

Matate, amor Resumen y Análisis Cuarta parte

Resumen

Al llegar a la bajada del bosque, la narradora escucha en la radio hablar de Mrs. Dalloway. Su marido se baja del auto en movimiento y, desde afuera, pone el freno de mano, señalándole que maneja cada vez mejor. Ella sube el volumen de la radio y escucha decir: “Mrs. Dalloway es una novela sobre el tiempo y la interconectividad de la existencia humana” (97). Nota que hace tiempo no escucha ese léxico literario y se pregunta cómo vería su propio entorno si un crítico dijera eso mismo sobre lo que ella escribe. Luego se ríe y recuerda una ocasión en la que, al intentar leer, escuchó pisadas de un ratón debajo de su biblioteca, por lo que ahora lee con tramperas a cada uno de sus lados. En la radio hablan de Séptimus, un personaje de la novela, traumatizado por su participación en la guerra, que se suicida arrojándose por una ventana. La narradora se pregunta qué efectos paliativos tendrían sobre su vida escribir o arrojarse por una ventana, y reflexiona sobre la posibilidad de que alguien hable acerca de sus personajes como lo hacen a propósito de Mrs Dalloway. Después, apaga la radio e intenta escuchar a los pájaros “platicar en griego” (98), aunque, afirma, “esa es una herencia envenenada” (Ídem.).

Después del almuerzo, la narradora siente la necesidad de ir al baño, pero el llanto de su hijo se lo impide. Afirma que se arrepiente de la maternidad. Le da al bebé una galleta mientras este todavía tiene comida en la boca, y él se atora. Ella reflexiona: “soy madre en piloto automático” (99). La situación se vuelve insostenible para ella, por lo que llama a su marido para pedir ayuda, pero su marido está en viaje y se desentiende del asunto. La narradora sale y considera la posibilidad de dejar a su hijo con una vecina que vive con las ventanas cercadas y tortugas “agresivas” (100). Sin embargo, pasa el resto del día con el bebé y, al llegar la noche, repasa las tareas pendientes. Finalmente, deja caer al bebé y va al baño mientras él llora desconsoladamente. Ella no lo tolera. Decide abrir la puerta del baño.

Durante un viaje en auto, la pareja de la narradora le repite a ella: “nunca estás cool, nunca estás zen” (102). Le pide que sea “normal” (102) y que se tranquilice. Ella está “atacada” (102). Se dirigen a una reunión en la casa de unos amigos. Cuando su marido vuelve de la panadería con una caja de masas, deja la caja apoyada en el regazo de la narradora y a ella le tiembla la mano sobre el picaporte del auto. En una curva la caja se cae, lo que provoca un griterío. Ella intenta sin éxito reparar las masas dañadas, mientras el marido insiste: “Nunca estás relajada (…). Nunca te veo cool” (103), y le recrimina: “Destrozás todo” (Ídem.). Después, él enciende un cigarrillo en el auto, a pesar de que está prohibido en la familia, y deja abierta su ventanilla, sin considerar que su hijo, que viaja atrás, está bajo un tratamiento médico con antibióticos. Más tarde llegan, tosiendo los tres, a la casa de sus amigos, y a la narradora la sorprende ver “tanta gente civilizada” (103). En la mesa hay cajas de masas de otros, servilletas, cucharitas, una tetera. El bebé toma la merienda junto a otros niños y ríe, y ella no reconoce su risa. El marido pone a un lado su caja de masas, porque le da vergüenza, y nadie la toca. La tarde transcurre lentamente. Alguien pregunta qué hay en la caja y no parece notar huellas de dedos en las masas. El marido se descompone comiendo un bizcochuelo y los comensales buscan sin éxito un médico en las casas vecinas. Finalmente, un veterinario revisa al marido y la familia se marcha. En el auto, el marido afirma que casi se le detuvo el corazón, y sugiere que fue una “alarma” (105) que ella debería escuchar. Ella asiente, pero siente deseos de arrojarle un zapato. Después, él compara su relación con la caja de masas arruinadas. La narradora piensa que no comprende sus metáforas y amenaza con arrojarse del auto. Al llegar a la casa, el marido pregunta qué van a cenar, y ella comienza a picar cebollas hasta que se lastima un dedo. Entonces, riéndose, se echa sobre el piso y le indica al hombre que se tape la boca al estornudar y al toser. Ella se escucha a sí misma diciéndole que se tape la boca si fuma, y piensa que lo está “tapando” (106) constantemente, y que ella es muy sucia y muy necia.

La narradora y su marido parecen masturbarse usando recíprocamente la mano dormida del otro. Luego, ella comienza el día haciéndole fuck you a él. Después del desayuno, él la conduce a través de pastizales que la superan en altura. Ella comienza a hablar, sin saber qué dice, y él la reprime señalando que es “inaguantable” (108) como la alarma de un auto; le pide que no grite y que controle su manera de hablar, porque no la entiende; le sugiere que asista a un curso de pronunciación. Luego se aleja algunos metros, fuera del alcance de la vista de ella. Ella permanece allí un tiempo, asustada. La narradora se compara con “un venado asustado, tiernito, infeliz” (Ídem.). Poco después, refresca y se escucha un bullicio. Ambos se reencuentran fuera del pastizal, en el asfalto, donde observan que unos terneros son separados de sus madres. Las vacas se resisten y, luego, permanecen “atónitas” (108) a un costado de la ruta. La narradora y su marido regresan a la casa abrazados, canturreando “por qué será, por qué será, que estando la vaca atada el ternero no se va” (109).

La narradora y su vecino se citan a un costado de la ruta para dialogar sobre la manera en que continuarán con su relación. Sin embargo, en vez de eso, se besan y caminan sin rumbo hasta caer en una fosa. Sus hijos, que están con ellos, permanecen en la superficie. Transcurre la noche y, al amanecer, ella regresa a su casa junto al bebé, que canturrea. En la casa hay una nota pegada con cinta adhesiva, con el menú de la cena. Ella toma un calmante homeopático y se acuesta. Horas después se levanta violácea y, con movimientos lentos y torpes, intenta vestirse. Su marido, junto al bebé, la instan a salir, pero ella se niega. Más tarde sale a la terraza. Su marido estuvo sufriendo la noche anterior. Ella recuerda una ocasión en la que una vecina dijo que “está mal irse con otro” (112), y su suegra asintió. A lo lejos, la narradora ve un cervato y desea saber qué intenta decirle. Finalmente, ve a su marido brincando con el bebé a cuestas, y percibe el eco de la felicidad de ellos.

En una ocasión, durante una relación sexual con su marido, la narradora siente placer y lo desconoce, por su forma de actuar. Piensa que “se despertó rapaz” (114) y que él “aprendió” (Ídem.), y se pregunta si observó a su amante. Afirma que ya no le sirve, e intenta “pertenecerle” (Ídem.). Al final, ella cae a un costado. Se abrazan, babeados. Ella desearía “fundirse” (115), pero es en vano.

Una mañana, a las siete y cuarenta, el marido le propone que se sienten a hablar, y la narradora deduce que él desea finalizar la relación. Después, ella lo observa mientras habla, pero no entiende sus palabras, hasta que menciona “curación” (117), y entonces advierte que le propone que se interne en un psiquiátrico. Ella le recrimina violentamente hechos que ocurrieron durante los diez años en los que han sido una pareja, y luego sale hacia los pastizales. Permanece allí, echada entre la maleza. Al regresar, sus “niños” (118) miran un programa de sorteos en la televisión mientras comen hamburguesas, y ella le propone casamiento a su pareja. Él acepta sin apartar la vista del televisor.

El día del casamiento, ella calza zapatos con tacos por primera vez y su pelo resplandece. Alguien la conduce al centro de la pista de baile, le enseña los movimientos del vals y la hace reír. A ella le parece poco creíble reír y se toca la comisura de sus labios. Los invitados bailan “locamente” (119); algunos caen por la bajada del bosque y se los vuelve a ver. Después, un párroco celebra el casamiento bajo una capilla improvisada. Ella reflexiona sobre las palabras del rito religioso y, después de que el párroco los declara marido y mujer, los invitados gritan efusivamente y ella busca, con desesperación, el ciervo. Su hijo está escondido. Los invitados alzan a los recién casados y lanzan arroz. A lo lejos, la narradora percibe que murmuran algo mirando asombrados su cara, y ella palpa la comisura de sus labios y nota que cae de su boca algo viscoso.

En la habitación de un hotel, la narradora espera con ansias a su marido, que le ha prometido llegar temprano. Es la noche de su boda. Él se demora y ella da vueltas en la cama, se corta el flequillo, se cambia la ropa interior y comienza a masturbarse. Luego al conserje y le pide un Martini. Percibe compasión en la voz de él. Finalmente, hace un striptease encima del inodoro y deambula con los tacos por toda la habitación.

En el asiento trasero del auto, la narradora se dirige a un hospital psiquiátrico, con “cara de maniática para ir practicando” (124). Por el camino, piensa que tiene que “dar con el perfil de Zelda Fitzgerald camino a Suiza” (Ídem.). Viste un short amarillo que se le cae y zapatillas sin cordones. Percibe las miradas de su marido y de su hijo como patadas en las costillas. Ellos canturrean “Lovefool” y ella los tapa con “Divertimento en Re mayor” de Mozart. Al llegar, la narradora imagina su vida como internada: su desayuno, sus actividades diarias. Piensa que va a acabar con su “morbosa ansiedad sexual” (126). El marido y su hijo la despiden, y alguien la recibe apretándola enérgicamente. Luego la empuja con suavidad y la conduce a un pasillo de puertas cerradas por donde la hace avanzar.

Análisis

En el comienzo de esta cuarta parte encontramos una nueva referencia a la escritora británica Virginia Woolf. La narradora había mencionado previamente, al principio de la novela, que una noche intentaba leer, sin éxito, uno de sus libros. En esta ocasión, en la radio se refieren a su novela Mrs. Dalloway, publicada en 1925. Es evidente que la narradora conoce la novela: “Capto el programa empezado, pero igual me doy cuenta de que hablan de ella” (97). Además, demuestra su interés en ella, puesto que sube el volumen de la radio. Lo primero que la narradora advierte es que hace mucho no escucha el léxico que usan en el programa para referirse a la novela: "«Mrs. Dalloway es una novela sobre el tiempo y la interconectividad de la existencia humana», hace cuánto que no escuchaba ese léxico, interconectividad” (Ídem.). La observación se conecta con otras apreciaciones de la narradora sobre el entorno donde vive, sobre la gente que lo habita y sobre su propio distanciamiento de la vida académica. También da lugar a una reflexión sobre la literatura y su recepción, en tanto la narradora imagina cómo cambiaría su propia percepción del entorno donde vive si algún crítico leyera lo que ella escribe y usara aquellas palabras para describirlo: “Cómo vería yo este mismo bosque, esta aura campechana, mi casa a medio construir, ese hombre instalando vigas de madera, si un crítico dijera que lo que escribí trata sobre «la interconectividad de la existencia humana»” (Ídem.). Así, en un gesto metaliterario, la novela indaga sobre la posibilidad de que la interpretación de una obra modifique la percepción de la realidad, y al mismo tiempo, sugiere que puede existir una gran brecha entre lo que se intenta mostrar en un relato y la interpretación a la que el mismo puede llegar a dar lugar.

Por otro lado, en la radio se refieren a uno de los personajes de la novela de Woolf, Séptimus, de quien la narradora comenta: “el personaje héroe de guerra traumatizado que también daba batalla contra la depresión maníaca y la locura y que sí se tiró por la ventana, en la novela” (98). Así se deja abierta la interpretación sobre a quién se refiere la narradora con el adverbio “también”, aunque podemos pensar que es ella misma quien está dando batalla a la depresión y a la locura. Del mismo modo, la narradora mantiene la ambigüedad sobre a quién alude cuando afirma "sí se tiró por la ventana”, es decir, ¿quién no lo hizo? En esta ocasión podría referirse también a ella misma. Esta posibilidad se hace más evidente a continuación, cuando la narradora manifiesta: “Pienso en los efectos paliativos que podría tener sobre mi vida escribir o tirarme de una ventana” (Ídem.).

Además, el episodio da lugar a una nueva reflexión sobre el acto de escribir ficciones. La narradora sostiene: “El que escribe no necesita un saco de piel porque en su universo ficcional es verano” (Ídem.). De esta manera, sugiere que el mundo ficcional que crea quien escribe se vuelve de alguna manera real para él o ella, y que acaso el escritor o escritora puede superar las limitaciones del mundo real al sumergirse en su obra.

También podemos observar que la mención en Matate, amor del personaje Séptimus, que en la novela de Woolf encarna el problema de la insanidad mental, hace eco con el inicio de una parte de la novela de Harwicz, donde el tema de la locura adquiere gran relevancia. Finalmente, en ese mismo fragmento, cuando la narradora señala: “Apago la radio e intento escuchar a los pájaros platicar en griego, pero esa es una herencia envenenada” (98), encontramos, posiblemente, una nueva alusión a este personaje, quien en una oportunidad oye gorriones cantar en griego (Woolf, 2015, 36). Así, la posibilidad de escuchar pájaros hablar en griego (la misma que posee Septimus) haría a la protagonista heredera de una capacidad extraordinaria de percibir la naturaleza, pero, al mismo tiempo, como ella sabe, esa posibilidad la acercaría a la locura, o sería un síntoma de la misma. De ahí que la herencia sea “envenenada”.

En la novela de Harwicz, la crisis continua que experimenta la protagonista la conduce a aceptar permanecer un tiempo internada en una institución psiquiátrica, aunque no está claro si ella cree que está enferma: vemos que, en el viaje en auto hacia el psiquiátrico, describe con tono sarcástico que pone “cara de maniática para ir practicando” (124). Luego, en el mismo sentido, afirma: “Tengo que dar con el perfil de Zelda Fitzgerald camino a Suiza, no precisamente a comer chocolates ni probar relojes” (Ídem.), aludiendo a la escritora estadounidense, quien fue internada en una institución psiquiátrica en Suiza, diagnosticada como esquizofrénica.

Por el contrario, la narradora percibe que, para su marido, ella sí debe ser hospitalizada y seguir un tratamiento psiquiátrico: “(…) escuché: curación. Eso veía de mí. Una mujer que debía calmarse. Volverse una ameba. Irse a un lugar de sábanas y paredes blancas, bajo la lengua, pastillitas, pildoritas, comprimidos” (117).

Por otro lado, continuando con el tema de la ineficacia de la comunicación, en esta parte la narradora vuelve a poner de manifiesto su ineptitud para comunicarse con su marido: “Me pongo a hablar, no sé qué digo pero hablo, me dice cuando hablás es como la alarma del auto, suena, suena, es inaguantable. Entonces hablo gritando, ni me doy cuenta de que se me va el volumen, ¿podés hablar sin gritar? ¿Podés aflojar con tu incontinencia?” (108).

En contraste con esta incontinencia en el habla, podemos observar que en la relación de la narradora con el vecino amante prevalece el silencio. En la sección siguiente, la narradora comenta a propósito de su encuentro: “Habíamos quedado en hablar, cómo seguir, cómo no ir a parar de frente a un muro. No fue necesario nada. De nada. No escuché su voz ni una sola vez. Podría haber sido mudo, tener rotas las cuerdas vocales. Nos alcanzó el falso silencio de la ruta (…)” (110). Del mismo modo, al final de la novela, en su último encuentro con su amante, la narradora vuelve a hacer énfasis en la falta de expresión verbal: “Frente a frente, no dijimos nada, qué asco hablar. Nos besamos” (152). Así, vemos que el lenguaje parece interferir para ella de manera negativa, acaso entorpeciendo el vínculo que establece con aquel hombre. En este punto, de alguna manera, este vínculo se asemeja al que ella establece con el ciervo, puesto que en ambos casos se prescinde del lenguaje.

Por último, acá también encontramos observaciones en torno al tema de la maternidad. La narradora se muestra abrumada por las demandas de la maternidad y, a propósito, señala que “es imposible hacer otra cosa que ser madre” (99), y que serlo “es tan poco excitante” (101). Además, manifiesta explícitamente arrepentirse de tener un hijo (99). También se refiere nuevamente a sus vecinos, de quienes no puede esperar ayuda para cuidar a su hijo: “no hay vecinos como los que necesito. Hay bastardos” (100). En contraste, en la casa de la familia de amigos que visita la narradora, ella se sorprende al ver “Tanta gente civilizada” (103). No obstante, hace notar con tono sarcástico que el comportamiento de ellos parece seguir la norma de una manera mecanizada: “Hola, qué tal, hola, tanto tiempo, en qué andan, acá andamos. ¿Y ustedes? Abrazos, palmadas. Palmaditas. Abracitos” (Ídem.). Así, la narradora muestra una distancia tanto respecto de las personas del entorno donde vive, en quienes no confía, como respecto a los amigos, con quienes no parece sentirse un par. Ambas situaciones agudizan el aislamiento en el que la protagonista se encuentra y ponen de manifiesto un conflicto a propósito de sus vínculos sociales.