Matate, amor

Matate, amor Resumen y Análisis Segunda parte

Resumen

Ahora la narradora dice hablar “como él” (30) y, entonces, podemos advertir un cambio momentáneo de narrador. Ahora es un vecino que vive a veinte kilómetros de distancia. Él es el responsable del servicio de radiografía del centro de salud. Está casado y tiene una hija con discapacidad. Él observa a la narradora a menudo, a la salida de su trabajo, a la tarde-noche, desde el portal de su casa. Está obsesionado con ella: sabe cómo se viste, qué posición adopta al sentarse; conoce sus costumbres. La describe como una mujer rubia, de ojos probablemente grises, hombros grandes y dedos finos, que viste polleras acampanadas y pasa las tardes echada en el césped de su jardín, que casi nunca se ríe, que parece no fumar ni escuchar música. Él advierte que ella es extranjera, pero no sabe de qué país proviene. Desconoce su nombre y su edad.

La protagonista retoma la narración y habla de su suegra, quien lleva una vida opaca y conserva las costumbres matrimoniales, aun después de la muerte de su marido. La suegra dice que su único momento de paz es durante el sueño, pese a que tiene trastornos para dormir y es sonámbula. La narradora se refiere también a su suegro: un hombre pedante que hacía monólogos sentado en la cabecera de la mesa, que una vez acosó a una colegiala en el bus del pueblo, que estuvo en el ejército y que pasaba los mediodías en un parador, bebiendo aperitivos y contando sus anécdotas en el frente.

El vecino radiólogo vuelve a narrar. En una ocasión, se levanta de su cama durante la noche y se dirige en moto hasta la casa de la mujer que lo obsesiona. Observa una luz que se enciende adentro, cruza el portal y llega hasta la pared trasera de la casa. Estando allí, él puede sentir el odio que siente ella y ruega que no le contagie “la depresión de tener que vivir” (38). Una ventana se abre y él, demasiado asustado para huir, permanece en el sitio. La protagonista avanza hacia él y, al verlo, abre su boca para gritar, pero no lo hace. Él resiste los deseos de atacarla y ambos permanecen quietos. Él siente que esa fue la forma en que se conocieron: la forma en que hablaron de su pasado, de por qué están en ese “bicherío” (39) y de qué los lleva a escapar en medio de la noche. Después, ella le ordena que se corte la boca con un cuchillo y él obedece. Finalmente, ella ingresa a la casa y él se va.

La protagonista retoma la narración y comenta que, después de una cena, observa que el perro que adoptó su marido orina, tironea de un mantel y rompe su vaso, mientras ella está sentada haciendo la sobremesa. Reflexiona sobre la cantidad de insectos y otros pequeños animales que mata durante el día y sobre la forma en que lo hace. El marido, al despertarse, mira azorado el pis y los vidrios, y le pregunta por qué sigue sentada y por qué tiene el pantalón desabrochado. Luego, en una leve discusión, él menciona que encontró recientemente una rata disecada y lombrices detrás de la garrafa, cerca del lugar donde el bebé come. Ella, entonces, le recrimina que deje cenizas en tazas y platitos. Luego de barrer, el marido la invita a salir al patio, pero ella se niega. Después, él enciende el motor del auto, haciéndole saber que desea que suba. Él siente deseos de charlar y da muestras de estar furioso. Poco después, mientras viajan en el auto con el perro en el asiento trasero, el marido atropella accidentalmente un ciervo. El animal se salva, pero el perro se fractura una pata por efecto del impacto. Entonces le ponen al perro el nombre “Blood”, pero lo llaman “Bloodie”. Al regresar a la casa, encuentran al bebé gritando, de pie sobre la cuna. El perro lagrimea y solloza incesantemente y, durante la noche, la narradora ingresa a la casa de su suegra y toma el rifle que fue de su suegro. De regreso en su casa, le ordena al marido que mate al perro para que deje de sufrir, pero él se niega. Finalmente, ella lo mata.

La narradora relata la anécdota que escuchó del viaje de luna de miel de sus suegros: se dirigían en micro hacia el sur, hacia una cabaña a orillas de un lago. Ellos permanecían vestidos como en la fiesta de boda, y la suegra disimulaba con los volados de su vestido la panza de un embarazo que guardaban en secreto. Esperaban a quien sería el marido de la narradora. La suegra durmió durante todo el viaje. El suegro descendió del micro para fumar y luego lloró durante el resto del viaje.

Es domingo y la narradora va al río con su marido, su hijo y su suegra. Ella siempre propone diferentes lugares a donde ir. Afirma que hay que parecer entusiasmada y enumera actividades que supone que se deberían hacer para que el bebé “tenga infancia” (52), como llevarlo de un lado a otro o comprarle globos. Hay numerosas personas en la costa. Repentinamente, la muchedumbre se agolpa frente al río y llegan patrulleros. Un adolescente gay de trece años se suicidó arrojándose al río, después de despedirse por Twitter. Finalmente, la narradora reflexiona sobre la “sutil diferencia” (53) entre un hombre vivo y uno muerto.

La narradora se despierta en medio de la noche. Se viste semidormida, dice, porque acaba de “escucharlo” (54). Con “paso animal” (Ídem.) se desplaza hasta la tranquera. Con la presencia de él (no dice quién es) se cumple el deseo de la narradora, y el entorno se vuelve excitante para ella. Ambos se miran. Ella no sabe cómo reaccionar. Finalmente, se besan, mientras el marido de ella duerme y el bebé se cae de la cama.

La narradora y su marido discuten a causa de las sospechas de infidelidad que tienen el uno del otro. Ella señala que encontró preservativos dentro del auto, y él le dice que soñó que la encontraba en la cama con el hombre que pasa todos los días en moto. Ella se niega a hablar y la discusión se torna más violenta. Entonces, ella atraviesa el ventanal de la casa y, sangrando, cruza los pastizales y se recuesta en su refugio habitual, entre árboles podados. Desde allí percibe que su marido la busca durante un tiempo, hasta cansarse.

Durante algunos días, la narradora permanece internada. Le extraen esquirlas del cuerpo. Está allí desde que la encontraron, inconsciente, sobre el pasto. Su marido ingresa en la habitación con flores y la besa. Entonces, ella comenta: “no le toqué ni un pelo” (58). Él se desentiende del asunto, y ella lo interroga sobre los preservativos que encontró en su auto y sobre la frecuencia con la que come en McDonald’s. Finalmente, él replica: “buena maniobra” (59), y la acaricia sobre una cicatriz que tiene en el cuello.

La narradora arranca césped de su patio y luego corre hacia su casa. En la habitación, tira una silla contra el espejo. Saca, de un golpe, la puerta del placard y, de otro zarpazo, el ala de la ventana. Le duelen los ovarios y sus cicatrices “tiran” (60). Está enfurecida. Recuerda cuando se tiraba del trampolín en la escuela y permanecía sumergida, sin intentar salir, mientras sus compañeros gritaban “¡que se ahogue! ¡que se ahogue!” (Ídem.). Su marido ahora corta leña mientras el bebé observa “a su mamá romperse, desmoronarse” (Ídem.) y sonríe frente a los residuos de madera en el aire. Ella siente que nunca estuvo tan lejos de su bebé. Su propia respiración pesada la sofoca. Después, su marido le pregunta qué quiere. Pone delante de ella un almohadón y luego le pone sus guantes de boxeo de la adolescencia. Ella le pega en la nariz y se saca los guantes. Luego le grita: “cojeme” (61) y siente deseos suicidas. Al final, ambos tienen relaciones sexuales mientras el bebé permanece frente a la leña cortada.

En otra oportunidad, la narradora reflexiona sobre lo difícil que le resulta describir el estado de encierro en el que se encuentra. Su suegra le aconseja ir a clases de yoga gratuitas y cuestiona lo que ella hace durante el día. La narradora observa que sus pensamientos no parecen tener importancia, y que, en cambio, solo importa lo que “hacés” (63). Después menciona a sus vecinas gitanas, Melisa y su hija, Jacqueline, que viven encerradas en muros de madera sin pintar, y afirma que provienen de un “universo brutal” (63).

Es el final del verano y la narradora percibe una atmósfera saturada de tensión sexual. La caída de bellotas y hojas trae a su mente los nombres de los pintores Rembrandt y Caravaggio. Ella se recuesta al lado del cochecito de su bebé y duerme. Al despertarse, nota que su bebé observa dos carpinchos apareándose e imita sus gestos.

Análisis

Excepcionalmente, en dos de los fragmentos de la novela, encontramos otro narrador. En estos fragmentos, el vecino de la narradora, quien será posteriormente su amante, es quien narra en primera persona. Estos episodios permiten conocer la historia desde una perspectiva distinta. Además, a través de la voz de este personaje, se nos presenta una descripción detallada de la protagonista, que incluye características de su vestimenta y sus posturas:

Se pone botas de plástico aunque no llueva. Viste polleras acampanadas que le hacen una cadera que después, con los shorts de jean, se nota que no tiene. Se ata el pelo en un rodete tirante con un aire a falsa bailarina clásica a punto de salir a escena. Le conozco las posiciones, se sienta encorvada, con la cabeza caída entre las piernas. O se acuesta, como ahora, y parece que alguien la dejó tirada ahí. Come con la mano, directamente de la fuente, pero eso cuando está sola. Lleva pañuelos enredados al cuello, parece una mujer birmana. Se le ven los breteles del corpiño (30).

Entre otras características, más adelante, el narrador revela también algunos rasgos físicos: la protagonista es rubia y sus ojos parecen grises (“a veces se mimetizan con el heno”, 31), hombros grandes y dedos finos. Este personaje narrador actúa como testigo que observa a la protagonista y presenta una perspectiva diferente en torno a sus cualidades y comportamientos. Además, su observación minuciosa permite pensar en una mirada clínica, cuyo objeto de estudio es la protagonista, a quien él examina detenidamente y de quien hace, podríamos decir de manera metafórica, una radiografía (consecuentemente con su profesión).

En diferentes ocasiones, ambos narradores ofrecen apreciaciones respecto del lugar en donde viven. La narradora se refiere a su pueblo como un “paraje perdido” (19) y “esta cloaca” (52); él alude metafóricamente al mismo llamándolo “este pozo, (…) este bicherío” (39). También la narradora se refiere despectivamente a sus vecinos: “Yo sola pude haber elegido para criar a mi hijo esta fauna llena de fans de punk rock consumidores de ácido, con moretones allá y acá producto de caídas accidentales y de lugares comunes de la autodestrucción” (21). En el mismo sentido, en otro fragmento comenta: “Me gustaría tener de vecinos a Egon Schiele, Lucien Freud y Francis Bacon, así mi hijo podría crecer y desarrollarse intelectualmente viendo que el mundo al que lo traje es algo más interesante que este abrir de lumbreras desde donde no se ve” (23). Finalmente, en otra ocasión, la narradora se refiere de manera despectiva a sus vecinos gitanos: “Al final, son como mis vecinos encerrados en muros de madera sin pintar. Estos gitanos salidos directo de un universo brutal, sin ley, sin moral, sin relación con los locales modernos de luz eléctrica, con la música pop, con las democracias capitalistas y la abolición de la pena de muerte” (63). De esta manera, podemos observar que la narradora presenta su entorno como un lugar, no solo poco estimulante, sino también degradante y retrógrado.

En líneas generales, vemos que la narradora muestra, a veces con humor ácido, una forma de vida que la oprime, que despierta violencia y que parece conducirla a la locura. Por otra parte, observamos que ella, en ocasiones, intenta adaptarse a las que considera expectativas sociales. Al narrar un paseo dominical, señala: “Hay que parecer entusiasmada y hay que hacer que parezca que se vive. Hay que llevar al niño de acá para allá, comprarle globos, hacerlo girar en falso en la calesita, sacarle fotos, porque eso hay que hacer para que tenga infancia” (51-52). Sin embargo, en otras ocasiones se muestra desafiante respecto de algunas expectativas y normas sociales, como se ve en la primera parte de la novela: “Y si quiero dejar en el auto bajo cuarenta grados de sensación térmica a mi bebé, lo hago. Y no me corran con que es ilegal. Si quiero optar por la ilegalidad, si quiero convertirme en una de las tantas congela-fetos lo hago. Si quiero ir a la cárcel veinte años o huir, es una posibilidad también” (20).

En otra sección leemos una vez más cómo las críticas de la familia de la narradora (en este caso, la suegra) recaen sobre ella: “Mi suegra me objetó de lejos con el bol de comida mezclada para gallinas por qué no hacía algo de gimnasia. Qué hacés toda la mañana yendo y viniendo. Podés ir a un curso de yoga gratuito que hay en el centro, yo te lo cuido, mientras” (63). En este caso, la narradora observa de manera crítica las expectativas sociales que ve reflejadas en el discurso de su suegra, y señala que se preponderan las actividades que implican un movimiento ostensible frente a la actividad intelectual: “No importa el cerebro y sus referencias, sus elucubraciones, su indagación de símbolos, su afán. Importa qué hacés, adónde vas, si te movés” (63).