Matate, amor

Matate, amor Resumen y Análisis Primera parte

Resumen

Oculta entre la maleza, a pocos pasos de su casa y sintiendo el calor del sol sobre la palma de su mano, la narradora tiene la impresión de estar sosteniendo un cuchillo con el que podría cortarse la yugular. Desde allí escucha las voces de su hijo de seis meses y de su pareja, que chapotean en la pileta de plástico azul. Los espía. Dice que es una mujer débil y enfermiza, que no va a matarlos, y deja caer el cuchillo. Es domingo, víspera de un día feriado, y se aproxima el invierno. La narradora compara a las personas del pueblo con bestias y declara que ella misma, que es letrada y graduada universitaria, es una más entre ellos. Luego, recuerda el suicidio de su vecino Frank, durante la última Navidad, y habla de los suicidios en la familia de aquel hombre en generaciones sucesivas. A continuación, menciona la posibilidad de estar embarazada y se refiere a la concepción de su primer hijo, dejando ver que el primero fue un embarazo no deseado. Luego, afirma dejar un cuchillo en el pastizal. Más tarde, la narradora señala que ella y su pareja, a quien llama “marido”, han mecanizado la palabra “amor”. Mientras toman una cerveza, él le dice que quiere plantar un árbol; ella sonríe sin saber qué decir y hace un comentario superficial.

La narradora amamanta a su hijo y lo acuesta, dormido, envuelto en una bufanda. Entonces, la voz narradora menciona a Isadora Duncan. Continuando con su relato, narra que se dirige al patio y afirma jugar siempre a que atraviesa el ventanal. Su marido la invita a mirar las estrellas con un telescopio, una actividad que a él parece apasionarlo y que a ella no le interesa en absoluto. Pese a eso, ella accede. Él hace comentarios o preguntas relacionadas con la astronomía mientras ella cree oír el llanto del bebé. Recuerda momentos en los que, sentada en el sofá de su casa, no oía llorar a su bebé. Su marido, al escucharlo, le pregunta por los motivos del llanto. Ella contesta que los desconoce. Mientras mira por el telescopio, su marido en un momento la abraza, después de meses de no hacerlo. Finalmente, ella constata que el bebé no llora y, más tarde, se va a dormir sola, como afirma estar acostumbrada a hacer, allí en su casa, la cual, antiguamente, era un tambo.

La narradora afirma sentir su mente perturbada cada segundo de silencio, cuando su marido hace un viaje. Sus llamados, desde las estaciones de servicio, la tranquilizan momentáneamente. Una noche, mientras su marido está viajando, intenta leer a Virginia Woolf, pero se desconcentra porque siente sus pechos llenos de leche. Luego sale de la casa, esperando el llamado telefónico de su marido, y comenta que su vecina, Melisa, quien trabaja exhibiendo su cuerpo en Internet, está gimiendo o llorando. Finalmente, la narradora tiene un breve intercambio telefónico con su marido y baja al bosque. Allí aparece un ciervo que la observa de manera brutal, como nadie la observó, y ella desea abrazarlo, aunque sabe que es imposible. Más tarde, recuerda a la enfermera que asiste a su vecino enfermo dándole inyecciones a diario. Esa mañana, la enfermera la saludó y ella le gruñó. Después, ella se dispuso a enfrentarla físicamente, pero la mujer se apresuró a entrar en la casa del vecino. La narradora comenta que se pone altanera con las cajeras del supermercado, los repartidores de pizza y las manicuras, que le gusta gritar en público, hacer escándalos y mostrarles a ellos cuán temerosos son. También le divierte ver cuántas personas se alarman cuando deja un bebé de plástico en el asiento trasero del auto, en pleno verano. Finalmente, su marido regresa, deja la valija con los productos no vendidos y le muestra una abundante cantidad de dinero envuelto en fajos. Luego, ellos se sientan a la mesa, se miran y conversan, aunque la narradora apunta: “todo entre comillas, eso no es mirarse ni conversar” (21). Poco después, mientras el marido mira dibujos animados, ella le acaricia la cabeza y él se queja. Más tarde, ella se masturba pero la distrae el ruido de un animal y, cuando sale a mojarse el rostro, encuentra a su marido también acalorado. La pareja cruza apenas una mirada.

El último recuerdo del embarazo de la narradora coincide con la última Navidad en la casa de sus suegros, junto a los parientes de su marido, que llegaron desde pueblos remotos. Ella se siente desesperada y su malestar se hace evidente. La invitan a sentarse y tomar agua. Ella estaría un minuto a solas con Glenn Gould, dice, aunque tuviera que linchar a toda su familia para eso. Su suegro corta el pasto bajo nieve en el horario de la siesta, y luego controla los tickets del supermercado de todo el mes, hasta que cae la noche. Él se cree excepcional, aunque es un hombre normal. En su habitación hay un rifle y varios cartuchos. Después del brindis, mientras su marido tira dardos al blanco en la terraza, la narradora se dirige al bosque, agotada por las contracciones. Solo en casos de emergencia baja hasta allá de noche. Recuerda con malestar las preguntas que la familia le hizo aquella noche, sobre sus finanzas y búsquedas laborales. Cuando su marido sale a buscarla, ella se interna en el bosque. Desde allí observa a un grupo de gitanos que acampa cerca del estanque nevado, en una casa rodante tan precaria como la que ellos aún conservan. Su marido la encuentra poco después saltando sobre un charco, y ella se siente avergonzada.

Posteriormente, nace el hijo de la narradora. Ella se queda con el bebé recién nacido en la galería de su casa hasta que cae la noche, y desde allí escucha a la familia comer los restos de la comida navideña. Siente que sus días son un “atascamiento continuo” (28), una “lenta perdición” (Ídem.). Percibe la muerte presente en la casa de sus suegros y, poco después, su suegro muere mientras duerme. La familia asiste al entierro y ella reflexiona sobre la intrascendencia de la vida del difunto, sobre los hábitos cotidianos de su suegra y lo que la mujer hará después de la muerte de su esposo.

Análisis

La novela Matate, amor tiene una estructura fragmentada. Está compuesta por cuarenta y seis secciones o apartados sin numerar, cada uno de los cuales contiene un único párrafo. Respetando esta estructura, conservamos las secciones / párrafos en nuestro resumen. El relato se construye a partir de la técnica del monólogo interior, una técnica literaria que emula el flujo de pensamientos de un personaje; en este caso, el de la narradora y protagonista. Ella, cuyo nombre se desconoce, comienza presentando algunas características de sí misma, de su familia y del entorno en el que vive. El lugar donde transcurre la historia es incierto, puesto que no aparece ubicado geográficamente, pero en la novela abundan las descripciones del pueblo y de su casa, lindante con un bosque.

La primera frase de la novela, “Me recliné sobre la hierba entre árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular” (7), evoca la idea de la muerte y del suicidio. Al comienzo, la narradora sugiere que podría suicidarse y, poco después, cuando se describe observando, al acecho entre la maleza, a su marido y a su hijo, insinúa que podría matarlos a ellos, aunque enseguida niega poder hacerlo. Así, en la introducción de la novela está presente el tema de la muerte, evocado en el título de la obra con la palabra “matate”.

En el fragmento inicial, la narradora presenta numerosas afirmaciones autorreferenciales que permiten describirla: “(…) yo, una mujer débil y enfermiza (…)” (7); “Yo misma, letrada y graduada universitaria, soy más bestia que esos zorros desahuciados con la cara teñida de rojo y un palo atravesándoles la boca de par en par” (8); “¿Y yo? Una mujer normal, de una familia normal, pero una excéntrica, desviada (…)” (Ídem.); “(…) soy una falsa mujer de campo” (9); “Y soy una mujer que se dejó estar y tiene caries y ya no lee” (Ídem.); “Un caso clínico. Una extranjera. Alguien que debería ser clasificada de incurable” (10). Así, destaca algunos aspectos de su personalidad, como su carácter enfermizo y su excentricidad; y también subraya que es letrada. A propósito, podemos observar una dualidad en la protagonista, entre la formación académica que ostenta y el carácter bestial que afirma poseer en el entorno rural. En esta ocasión, ella se presenta y presenta a sus vecinos como bestias: “Los hombres acá preparan el invierno como las bestias. Nada nos distingue a unos de otros” (8).

Es notable que ninguno de los personajes integrantes de la familia de la protagonista tenga asignado un nombre. En cambio, sí lo tienen algunos de los vecinos que la narradora menciona ocasionalmente. Incluso, como se verá más adelante, se le asigna un nombre a un perro que la pareja adopta. A su pareja, ella lo llama “marido”, aun antes de su casamiento. A propósito, afirma: “me acostumbré a llamarlo así” (11). Sin embargo, paradójicamente, luego de la boda, en una oportunidad se refiere a él llamándolo “novio” (136), y aclara: “a veces me gustaba llamarlo novio” (Ídem.). Asimismo, desconocemos los nombres del hijo de la narradora y de sus suegros, a quienes se refiere como “hijo” o “bebé”, “suegro” y “suegra”, respectivamente. Por último, la narradora tampoco designa con un nombre al vecino que se convertirá en su amante. En ocasiones lo nombra con el pronombre “él”, dejando implícito el significado de la referencia. Sobre este punto, la misma autora se refiere al motivo por el cual no les otorga nombres a los personajes de sus novelas: “(…) no puedo bautizar a los personajes. Yo no les veo nombres a los personajes. Están ahí arrojados (es muy existencialista) al mundo. Los veo en un estado puro salvaje y a la vez marcados por la sociedad. La indefinición me sirve para darles libertad, para que puedan ser más salvajes, más animal, como un no-personajes (como en Becket). Me otorga libertad” (Audran, 2015, párr. 17).

Por otro lado, el tema de la muerte y del suicidio, sugerido al principio de la novela con la mención del corte en la yugular, reaparece poco después, en el mismo fragmento, a propósito de la muerte del vecino de la narradora, Frank, cuyo suicidio forma parte de una "tradición" (8) familiar que se remonta a cuatro generaciones atrás. Al final del mismo fragmento, de manera recurrente, la narradora insiste con su deseo de morir: "Yo trago la botella en sorbos largos y aspiro por la nariz queriendo estar, exactamente, muerta" (10). En el mismo sentido, en la sección siguiente la narradora comenta que, al salir hacia el exterior de su casa, siempre "juega" (11) a que atraviesa el ventanal y se corta el cuerpo. Esto último puede leerse como un presagio de lo que efectivamente sucederá poco tiempo después.

Luego, al final de esta primera parte, la muerte reaparece como un presagio: "Desde acá fuera me doy cuenta y por eso no entro. La muerte está presente en el fuego, en la alfombra, en las cortinas, en el aire encerrado de los muebles de campo y en la vajilla de azogue. En el jarrón sin flores. La muerte exuda de los paraguas apilados cerca de la puerta" (28). A continuación, la narradora se refiere a la muerte de su suegro y reflexiona sobre la intrascendencia de la vida de aquel hombre: "Ya está. Ya es un hombre que pasó. Listo. Como un caballo por un pueblo donde nadie recuerda el retumbar del animal" (29).

El estilo narrativo con el que se construye el relato no hace distinciones claras entre la realidad y lo imaginado. Vemos, por ejemplo, que el cuchillo que al comienzo de la novela la narradora tiene la "impresión" (7) de sostener en sus manos, poco después aparece como un objeto que, en efecto, está sujetando: "Dejo el cuchillo en el pastizal quemado, espero que cuando lo encuentre parezca un bisturí, una pluma, un alfiler" (9). Así, los hechos que se narran resultan, en algunas ocasiones, ambiguos, puesto que se mezclan con pensamientos, sensaciones o visiones de la protagonista.

En el primer apartado también se hace evidente el declive de la relación conyugal de la protagonista. Este constituye uno de los temas centrales de la novela. Acá, la narradora explica, con humor satírico: "Somos parte de esas parejas que mecanizan la palabra «amor» hasta cuando se detestan; amor, no quiero volverte a ver" (9). La frase evoca también el mismo título de la novela, Matate, amor, tanto por su estructura sintáctica como por el uso de la palabra "amor" como una antífrasis, y también por el choque que produce la combinación del vocativo afectuoso con el sentido de la frase.

Otro de los temas centrales de la novela es la maternidad. Por un lado, la protagonista manifiesta sus miedos e incertidumbres sobre los cuidados del bebé. Por ejemplo: "¿por qué no deja de llorar?, ¿qué quiere?, vos sos la madre, tenés que saber. No sé qué quiere, le digo, ni la menor idea…" (13) ; "Voy a ver si el bebé respira a cada minuto, lo toco para ver si reacciona, lo destapo, lo cambio de posición, lo ilumino, lo levanto, todavía estamos en la etapa de la muerte blanca" (16); "¿Por qué duerme tanto? ¿Por qué no se aviva?" (17); "Cae la noche y empieza el declive, la agitación, un estado alterado. Me da miedo el daño que le pueda hacer al recién nacido (…)" (27).

Por otro lado, la maternidad que la protagonista experimenta está en las antípodas de una maternidad romantizada e idealizada, aquella que concibe a la madre con un amor inagotable hacia su hijo. La narradora se refiere al hijo como un "animal fiero" (14), y pone en evidencia lo agobiante que le resulta la tarea de cuidarlo: "yo pienso en los paseos en brazos horas y horas con diferentes coreografías, del agobio al llanto, del llanto al agobio (…)" (Ídem.). También podemos observar que ella marca una distancia respecto de un grupo de madres que acaso considera normativo: "(…) tengo que comprarle la torta de cumple mes. Otras madres seguro que la hacen ellas mismas" (8); "Las otras al segundo de parir suelen decir ya no imagino mi vida sin él, es como si hubiera estado desde siempre, pfff" (9).

También la narradora deja ver las expectativas que recaen sobre ella respecto de su rol de madre, cuando el marido señala, a propósito del llanto de su hijo: "vos sos la madre, tenés que saber" (13). Y, en otra oportunidad, se refiere a las expectativas sociales que recaen sobre ella en torno a cuestiones económicas: "Las preguntas de aquella Navidad me perforan con más fuerza que las descargas eufóricas de los cazadores. ¿Estuviste viendo ofertas de trabajo? ¿Piensan poner al chico en la guardería? ¿Están pudiendo pagar los impuestos? ¿Y el seguro médico? ¿Necesitan ayuda?" (25). En su relato se hace evidente que la narradora percibe las preguntas que su familia política formula como una forma de violencia, de ahí que las compare con disparos de cazadores, y que diga de ellas que la "perforan". La narradora, sin embargo, confronta sus propias expectativas con las de su familia: "Quisiera que la primera palabra que diga mi hijo sea una palabra bella. Me importa más eso que su obra social" (26).

Finalmente, el tema del lenguaje y de la comunicación también ocupa un lugar central en la novela en general, y en esta primera parte en particular. El problema en torno a la comunicación, o, más precisamente, la falta de ella, se observa principalmente a propósito de los diálogos entre la narradora y su pareja. Por ejemplo, la narradora comenta: “yo no sé qué decirle, sonrío como una gansa” (10), o “Nunca supe cómo explicarle que no me interesan las estrellas” (12). El desencuentro en el diálogo de los personajes se hace ostensible poco después, cuando el marido reflexiona sobre el viaje de la nave espacial Apolo, mientras la narradora permanece atenta al posible llanto de su bebé: “Me hubiera gustado estar en el Apolo, ¿me escuchás?, o en cualquier misión al espacio exterior…, ¿me seguís? En el Apolo mirando la Tierra alejarse… ¡Shhh! ¿Llora? ¿Dónde ves que llore? ¡Te estoy hablando de la luna!” (14). A propósito, podemos observar, también, que las intervenciones se suceden sin signos ortográficos que distingan una voz de otra. Aparecen así, sin comillas o guiones que las separen, produciendo una aceleración en el ritmo de la narración.