Matate, amor

Matate, amor Resumen y Análisis Tercera parte

Resumen

Al atardecer, un ciervo aparece con frecuencia entre el bosque y el jardín de la narradora. Ella cree que mirarlo a los ojos se asemeja al acto de levitar y describe la mirada del animal en una oportunidad en la que estaba en su casa, con su hijo entre sus pies, echado sobre la hierba. El animal parece aullar antes de huir y, en la mente de la narradora, permanecen un tiempo su mirada y su bramido. Más tarde, observa que el marido, al terminar de bañarse, tiene una erección. Él señala que no tiene “ganas de hacer nada” (66), y ella le hace el gesto de fuck you con el dedo. Después, la narradora deja a su hijo sentado frente al fuego y observa a ambos un momento desde afuera. El bebé gatea hacia la chimenea y ella presiente que su marido no va a moverse y que aquel va a quemarse. Así sucede, en efecto, poco después. El bebé emite un llanto agudo y el marido le coloca un medicamento antiséptico en las palmas de las manos y en la planta de los pies. Luego, camina enfurecido hacia donde está ella. La narradora contiene su ira y comenta que va a acostar a su hijo y a masturbar a su marido. Durante la noche, la consuela recordar “el ojo dorado del ciervo” (68).

Con el bebé atado a su cuerpo, la narradora trota hacia el bosque, y allí lo suelta y lo deja andar. Poco después, lo pierde de vista y, al escuchar un disparo, lo busca con el corazón palpitante. Enseguida lo encuentra trepado a un árbol. En el bosque, la narradora le da al bebé agua empantanada del estanque, pétalos de flores para que coma y hojas para que beba su savia. Ambos imitan sonidos de animales y se convierten en “parte de ellos” (70). Ella sumerge a su bebé en el agua helada del estanque, a modo de bautismo, y este languidece. Entonces, ella intenta reanimarlo, y el bebé se restablece a medianoche. Ella advierte que se encuentran en un coto de caza. Desde allí escucha voces que pronuncian sus nombres, “nombres que ya olvidamos” (71), y desea disimularse en el paisaje. La conmueve la mirada de un ciervo que se detiene. Los vecinos y la pareja de la protagonista los buscan con lamparones y gritan. Ella siente que les hacen daño.

La narradora atiende una llamada telefónica y su tono de voz la delata. Su marido, que la escucha desde atrás de una puerta, le pide que corte y que vaya junto con él a practicar manejo, sugiriendo de manera ofensiva que debe obtener la licencia de conducir con urgencia. Ella presiente que él está enfurecido y tiene la sensación de que la ahorcaría en el auto. En el vehículo, él grita instrucciones de manejo y, luego, ambos se dirigen a un paraje sucio. Él se refiere al divorcio y ambos tienen relaciones sexuales en aquel mismo paraje.

La narradora recuerda sus noches en una isla y las promesas de un joven enamorado. Esa fue la época “dorada” (75) de su vida. También menciona a un vecino suyo que murió por una sobredosis de heroína, y a una vecina que se asfixió con humo.

Durante uno de los viajes de su marido, la narradora se dirige en bicicleta a la casa del hombre que la espía con frecuencia, y lo observa a escondidas. Él está calmando a su hija, que tiene convulsiones y, luego, la acuesta en su cuna. La narradora siente deseos de entrar por la ventana y “violarlo” (78), pero se esconde. Él sale con un hierro a ver qué se mueve entre la maleza; ella retrocede y cae en una fosa. Después, él tantea su cuerpo, la reconoce, la ayuda a salir de la fosa y la conduce a su casa. Ambos entran en el altillo y él la toma del cuello, se desnuda y se acuesta sobre ella. Allí tienen relaciones sexuales, y ella goza hasta perder la noción del tiempo y del espacio.

Durante la madrugada, el hombre sale de la cama. La narradora baja del altillo por la mañana, cuando él y su familia salen de compras, y regresa a su casa. Mientras pedalea, sigue deseando al hombre. Ve a un joven haciendo equilibrio sobre un scooter y piensa que podría ser su hijo dentro de algunos años.

La narradora tiene una discusión con su marido sobre el tiempo que transcurrió desde la última vez que tuvieron relaciones sexuales. Ella sostiene que fue hace cinco semanas. Ambos acuerdan tener sexo esa misma noche, después de ver las noticias, pero, llegada la ocasión, él manifiesta estar cansado. Ella permanece merodeando el lugar, por si él cambia de idea, y se altera porque nada sucede. Después, en el baño, la narradora se acuesta sobre las baldosas frías, pone sus pies en la ducha y se mueve con espasmos. Su marido quiere ir al baño y ella demora adrede su salida. Luego, se acuesta en su cama y lee, esperándolo. Finalmente, ella se duerme. A la madrugada la despiertan ruidos de pájaros alborotados. La narradora sale de su casa y vuelve a entrar cuando escucha llorar a su bebé, para dejarlo acostado junto a su marido. Poco después, sale nuevamente. El cielo le atrae por primera vez. Al regresar a su casa, ella encuentra al bebé llorando debajo de la cama. Su marido le recrimina que lo haya dejado a su lado mientras él aún dormía. Ella finalmente se acuesta entre ambos y los observa hasta dejar de reconocer sus facciones.

El domingo, el bebé se despierta a las siete de la mañana, y la narradora lo insulta durante gran parte del día, lo envía a orinar solo y a que se alimente por sus propios medios. Ella se siente cansada “de que no esté bien andar a escopetazos o denigrar al bebé” (85). Es invierno y en la casa se siente olor a gas. El marido duerme durante una jornada casi completa. Ella sale con su bebé al parque y se le entrecorta la respiración.

El lunes la narradora y su marido comienzan el día discutiendo. Ella sale y se queda en medio de la ruta, con su valija en la mano. Los vecinos conductores la esquivan y le tocan bocina, y ella cree que lo único que les importa es evitar asuntos judiciales. Espera con ansias un llamado telefónico, pero nadie la llama, y tampoco pasa su vecino en la moto. Su marido va a buscarla cuando la oscuridad es plena. El hijo tiene fiebre y ella, sabiendo que debería llamar a la urgencia médica, no lo hace. Entonces reflexiona en torno al tema deseo: “El deseo es una alarma que no puedo desactivar” (89). Más tarde, los tres salen de la casa en una ambulancia y regresan poco después, abrazados. Finalmente, afirma la narradora que desearía despojarse del deseo: “Incluso cavar una fosa, un agujero, sería demasiado poco. Hay que tirarlo al desierto, que lo devoren las bestias. Al deseo” (90).

La narradora desea que todo termine rápido, “o hacerlo en una situación de legítima defensa” (91). Niega ser una asesina, aunque confiesa sentirse tentada a “matarlo” (91), sin decir a quién. Por un instante, se siente cómoda con el peligro que supone la idea, y se refiere a una “comunidad erótica” (Ídem.) con elementos como un rastrillo o una navaja oxidada que su marido lleva colgando en el pantalón. Ella sostiene que procede de una familia “demasiado normal” (91-92), y cree que no hay nada más siniestro que eso. Luego, se refiere a las exigencias impuestas sobre la vida marital y la maternidad, que recayeron sobre ella y que ella misma alimentó: casarse, tener tres hijos, comprar una casa con pileta equipada con alarma de seguridad, para advertir si un infante cae al agua. La narradora cuestiona la posibilidad de hacer girar el tiempo “aunque sea en falso” (92) y se pregunta si su historia terminará con una madre que olvidó conectar la alarma. Durante sus reflexiones, alguien se zarandea detrás de ella (no lo nombra, aunque puede suponerse que es su marido). La narradora lo ve ridículo con la pelvis adelante, y afirma que su propio cuerpo está seco. Finalmente, dice que "todo terminó rápido" (93).

A medianoche, al despertarse, la suegra de la narradora cree ver a su esposo leer el diario y les pregunta a su hijo y a ella cuándo comenzará a sentir que está muerto. Su hijo, impaciente, intenta convencerla de que vuelva a dormir. La suegra pregunta qué es un hombre que muere, y la narradora, en respuesta, enumera objetos que pertenecieron al difunto, así como gestos, olores y ruidos que lo caracterizaban. La narradora cree comprender a su suegra, pero supone que es preferible callar, y recorre con su mirada los frascos de dulce hechos por su suegro. Sus etiquetas datan de los años ’94, ’97 y 2002. El marido intenta tranquilizar a su madre con frases que a la narradora le resultan aburridas. Ella siente que su suegra ya “no está” (96) y la mira “como se mira al convaleciente” (Ídem.).

Análisis

A partir de la tercera parte de la novela, adquiere relevancia la figura de un ciervo cuya mirada cautiva a la narradora. La primera vez que lo menciona es en la primera parte. Enseguida se hace evidente la atracción que ella siente por el animal: “A cierta hora aparece un ciervo que se me queda mirando de una manera brutal como no me miró nadie nunca. Quisiera abrazarlo, si fuera posible” (18). Más tarde, la mirada del animal alcanza un carácter místico: la narradora la compara con el acto de levitar; y, al final de ese mismo segmento manifiesta que aquella mirada la salva: “Lo que me salva esta noche y el resto no es para nada el amor de mi hombre ni de mi hijo. Lo que me salva es el ojo dorado del ciervo, mirándome todavía” (68).

A propósito del tema de la comunicación y del lenguaje, que abordamos en el análisis anterior, acá podemos notar que la narradora establece con el animal una forma de comunicación, a través de su mirada, que supera a la comunicación humana. El ciervo “mira” a la narradora como no lo hizo ningún hombre, y por esa cualidad se convierte en su hombre: “Él es mi hombre. El que sabe mirar mi tristeza infinita. Los otros son apenas hombres. De qué sirve ser uno de ellos si el idioma que hablan no alcanza. A mi hombre le falta humanidad, es cierto, pero quién quiere humanidad” (71). En contraste, en una ocasión anterior, la mirada y la conversación de la pareja de la narradora resultan tan precarias que ella niega que pueda usar los términos “mirarse” y “conversar” para referirse a ellas: “Nos miramos y conversamos, todo entre comillas porque para mí eso no es mirarse ni conversar” (21). También es notable que, más adelante en el texto, la narradora se refiera a la mirada de su marido y de su hijo como agresivas: “La mirada de mis hombres son patadas en las costillas (…)” (125).

Asimismo, las condiciones de humano y de animal parecen invertirse cuando los vecinos buscan a la narradora y a su hijo en el bosque: mientras los humanos se animalizan (tienen “pico”), los animales aparecen personificados (se “zumban” de ellos, es decir, se burlan): “Nos buscan. Bla bla bla o co co ri co da igual. Mejor harían en cerrar el pico. Los animales se zumban de ellos” (71). Además, podemos observar que el lenguaje de los humanos se encuentra ridiculizado y reducido a una repetición de sonidos carente de significado.

Por otro lado, la narradora compara, en muchas ocasiones, a los humanos con animales, o les atribuye cualidades animales. A menudo utiliza metáforas: “Lo miro y sé que después voy a tener pico, plumaje y garras” (54); “sé que cuando abra el ventanal voy a ser un cisne negro, y cuando empiece a gritarme voy a ser un pato castrado” (67-68); “Me lo até al cuerpo y fuimos un canguro con su cría (…)” (69); “Y cuando deseo soy una vaca con la cabeza atorada. Y si deseo soy un ciervo entrando al bosque como lo haría un novio a la iglesia” (74). También abundan los símiles: “mientras trotaba hacia el verde espeso, me arranqué gorgojos y ortigas agachándome a un ritmo regular, lo que daba a nuestro galope un aire de mono divertido” (69); “Escuché un disparo y di vuelta la cabeza con la misma intriga cándida de los bambis” (69).

Así, podemos observar que, a pesar de que la protagonista se presenta como una mujer intelectual y más instruida que las personas de su entorno, su conducta se muestra instintiva y, a veces, irracional, lo que permite identificarla con animales. En el mismo sentido, las dificultades para comunicarse con su marido y la escasez del diálogo en la relación con su amante la alejan de la condición humana y la acercan al mundo animal. No es casual, a propósito de esto, que ella sienta una atracción especial por la mirada del ciervo, y que establezca a partir de ella una forma de comunicación peculiar con el animal.

En la novela se explora, además, el tema del deseo sexual. En la relación conyugal de la narradora, ese deseo se muestra casi siempre insatisfecho o ausente. En un segmento de esta parte, parece describirse un acto sexual entrelazado con la manifestación del deseo de matar. Además, en ese mismo fragmento, la mirada de la protagonista, enfocada lejos de su pareja, sugiere la completa falta de conexión entre ellos: “No me burlo de él, pero está ridículo detrás de mí, la pelvis adelante, mis ojos enfocando el toldo verde que el vecino usa para tapar sus porquerías” (92).

El tema también aparece ligado al adulterio, en la relación que ella entabla con su vecino y amante. Más adelante en el texto, vemos que la narradora experimenta ese deseo de forma negativa: se refiere a él como “ese apetito destructor” (89), y señala: “desear es un caramelo pegado al cuello, al cuero cabelludo, a la yugular” (88), y “[el] deseo es una alarma que no puedo desactivar" (89). Finalmente, concluye el segmento manifestando su anhelo de eliminar el deseo. Más tarde, en la última parte de la novela, la narradora, de forma irónica o no, se refiere a sí misma como una “ninfómana” (128), es decir, una mujer cuyo deseo sexual es intenso e insaciable, pero también patológico.

Por último, en la escena de los suegros observamos que la última fecha de las que datan las etiquetas de los frascos de dulce hechos por el suegro de la narradora es 2002, lo que nos permite situar los principales acontecimientos de la novela en torno a esa fecha.