La narradora y protagonista, una mujer cuyo nombre se desconoce, vive en el campo junto a su pareja, a la que llama “marido”, y su hijo recién nacido.
En una ocasión, ella tiene la impresión de sostener un cuchillo con el que sugiere que podría cortarse la yugular o matar a su cónyuge e hijo, aunque sabe que no lo hará. Transcurre sus días agobiada por las demandas de la maternidad, mientras su relación conyugal está en decadencia. Un vecino suyo, que es radiólogo, merodea su casa, observándola a diario. Una noche, él atraviesa el portal de la casa, la narradora lo descubre y él escapa.
El marido de la narradora adopta un perro. El animal (después llamado Bloodie) resulta herido a causa de un choque automovilístico. Esa misma noche, el perro solloza incesantemente y la narradora lo mata. Poco después, también de noche, el vecino radiólogo regresa a la casa de la narradora. Al comienzo ella no sabe cómo actuar, pero, finalmente, ellos se besan. Más tarde, la protagonista y su marido discuten a causa de las sospechas de infidelidad que ambos tienen recíprocamente. La discusión se torna violenta y concluye cuando ella atraviesa el ventanal de la casa. La narradora permanece internada durante un tiempo. De regreso en su casa, dolorida y en un arrebato de furia, rompe partes de la casa y le exige a su marido tener relaciones sexuales. Por entonces, la narradora comienza a ver, en las inmediaciones de la casa, un ciervo que se aproxima al atardecer, y cuya mirada la cautiva.
Un tiempo después, durante uno de los viajes laborales de su marido, la narradora se dirige a la casa del vecino radiólogo. Esa noche ellos mantienen relaciones sexuales y la narradora regresa a su casa a la mañana siguiente. En otra ocasión, ella se va de su casa con una valija y permanece en medio de la autopista, hasta que, hacia la noche, el marido va a buscarla. En otra oportunidad, la narradora y su vecino se citan a un costado de la ruta y pasan la noche juntos. Al regresar a su casa, la narradora percibe que su marido sufrió.
Más adelante, en una ocasión en la que ella goza teniendo relaciones sexuales con su marido, se pregunta si él “aprendió” de su amante. Ella se siente satisfecha, pero sugiere que ya es tarde. Finalmente, cuando su marido le propone hablar una mañana, ella cree que quiere finalizar la relación, pero, en cambio, él le sugiere que debería internarse en un psiquiátrico. Ella le recrimina violentamente hechos ocurridos durante sus diez años de relación, pero, más tarde, le propone casamiento. Él acepta.
Después del casamiento, la narradora espera en un hotel a su marido, quien prometió llegar temprano a su noche de bodas, pero él no lo hace. Pronto, la narradora se dirige a internarse en un hospital psiquiátrico. La primera mañana allí, siente que resucita y nota que los internados son casi todos hombres, por lo que se pregunta si su marido la condujo allí para poner a prueba su ninfomanía. El diálogo con su marido, frente al terapeuta, resulta ineficaz, y enseguida informan a la protagonista que su pareja prefiere que ella permanezca internada un tiempo más. La narradora imagina entonces cómo su marido e hijo se olvidarán, paulatinamente, de ella.
Poco después, el marido y el hijo van a buscar a la narradora. Se dirigen al mar, para que el bebé lo conozca. Durante la primera parte del viaje, la protagonista siente que son felices y que se asemejan a una familia tipo. En la playa, sin embargo, se desata un conflicto con otros turistas y el bebé no alcanza a conocer el mar. Luego, una noche, después de conseguir que su hijo se duerma, la protagonista se encuentra nuevamente con su amante en las inmediaciones de su casa. Más tarde, ella regresa al psiquiátrico, donde le fueron asignadas diversas interconsultas. En una de las sesiones con terapeutas, ella recuerda una oportunidad en la que, durante su infancia, en una playa, decidió escaparse de sus padres. Rememora la satisfacción que sintió a hombros de un bañero y la frustración que le produjo el reencuentro con sus padres. Piensa que el día de la salida al mar, también su hijo deseaba quedarse con una familia desconocida.
El último día de su internación, el marido de la narradora la espera junto a su hijo a la salida del establecimiento, y ella observa cambios en el niño. De regreso en su casa y sentada frente a la chimenea, ella vuelve a tener la impresión de sostener un cuchillo. Piensa que la internación no resultó eficaz, cuestiona la seriedad del establecimiento y compara el tiempo que pasó allí con una penitencia. Entonces sale de su casa anhelando el encuentro con el ciervo.
Durante el segundo cumpleaños de su hijo, la narradora toma algunas copas de vino y, frente a la tumba de Bloodie, recuerda el día en que mató a aquel perro. Entonces, corre a encerrarse. Su marido la insta a salir y ella sale en el momento en que está concluyendo la fiesta, solo para dirigirse a la casa de su amante. Los amantes se besan hasta que llega el marido de la narradora. Después, los hombres se apartan para dialogar durante un tiempo y, finalmente, el marido de la protagonista se aproxima a ella y la conduce de regreso a su casa. Antes de llegar, él le pregunta qué quiere hacer y le propone tener otro hijo. Luego, la pareja comienza a reírse a propósito de la noticia de que el vecino está esperando mellizos. La narradora baja del auto y se pierde entre los matorrales.
Finalmente, la narradora describe el dolor intenso que experimentó en el momento inicial de la separación, y relata cómo, luego, su tristeza se tornó excitante y salvaje.