Matate, amor

Matate, amor Temas

La maternidad

Uno de los temas centrales de Matate, amor es la maternidad. La protagonista se siente abrumada por las tareas que demanda la crianza de su hijo y, en ocasiones, expresa el temor o la incertidumbre que le producen cuestiones en torno al cuidado del bebé: “Voy a ver si el bebé respira a cada minuto, lo toco para ver si reacciona, lo destapo, lo cambio de posición, lo ilumino, lo levanto, todavía estamos en la etapa de la muerte blanca” (16); “¿Por qué duerme tanto? ¿Por qué no se aviva?” (17); "Cae la noche y empieza el declive, la agitación, un estado alterado. Me da miedo el daño que le pueda hacer al recién nacido (…)" (27).

Por otro lado, la narradora manifiesta explícitamente sentirse arrepentida de ser madre. Además, deja ver las presiones que recaen sobre ella a propósito de su rol materno: “¿por qué no deja de llorar?, ¿qué quiere?, vos sos la madre, tenés que saber. No sé qué quiere, le digo, ni la menor idea…” (13). Ella también parece atrapada en estereotipos sobre la figura materna; se compara con otras madres a las que percibe dentro de la norma y marca una distancia respecto de ellas. Por ejemplo, señala: “Las otras al segundo de parir suelen decir ya no imagino mi vida sin él, es como si hubiera estado desde siempre, pfff” (9). La maternidad que experimenta la protagonista está por completo alejada de una imagen idealizada: ella muestra su rechazo hacia el bebé en muchas ocasiones, e incluso fantasea con la idea del filicidio.

La comunicación

La protagonista deja ver con frecuencia problemas en torno a la comunicación entre ella y su pareja. A veces, la narradora manifiesta no entender lo que él le dice y él señala, en una ocasión, no entenderla cuando ella habla “de corrido” (108). También, ella comenta no saber qué decirle, cómo explicarle algo o cómo llegó a decir alguna cosa. Una vez, a propósito de una discusión, la narradora señala que habla compulsivamente, sin saber lo que dice: “Me pongo a hablar, no sé qué digo pero hablo” (108).

Por otro lado, apenas iniciada la novela se evidencia el desencuentro en el diálogo de la pareja: cuando el marido hace observaciones acerca de las estrellas y las constelaciones, ella carece por completo de interés en eso y, en cambio, permanece atenta intentando percibir si su bebé llora. Además, hay numerosas discusiones entre la narradora y su pareja y, en una oportunidad, la mirada y la conversación del marido resultan tan precarias para la protagonista que ella niega poder usar los términos “mirarse” y “conversar” para referirse a ellas: “Nos miramos y conversamos, todo entre comillas porque para mí eso no es mirarse ni conversar” (21).

En contraste, el lenguaje parece incensario en los encuentros entre la narradora y su amante. Ella explica, por ejemplo: “Habíamos quedado en hablar, cómo seguir, cómo no ir a parar de frente a un muro. No fue necesario nada. De nada. No escuché su voz ni una sola vez. Podría haber sido mudo, tener rotas las cuerdas vocales. Nos alcanzó el falso silencio de la ruta (…)” (110), o “Frente a frente, no dijimos nada, qué asco hablar. Nos besamos” (152).

La animalidad

En la novela abundan las comparaciones, a menudo a través de símiles y metáforas, a partir de las cuales se presenta a los humanos con características animales. A los vecinos, en general, la narradora los compara con bestias, y se refiere a ella misma como una bestia más entre ellos, para dar cuenta, acaso, de su pérdida de capacidades intelectuales en el entorno rural. En muchas ocasiones, la narradora muestra cómo los humanos adoptan actitudes o comportamientos animales: por ejemplo, su hijo produce un “cacareo interminable” (99); los invitados a la boda “gritaron como chacales, como hienas” (121).

Al mismo tiempo, la condición humana y la animal parece invertirse cuando los vecinos buscan a la narradora y a su hijo en el bosque: mientras los humanos se animalizan (tienen “pico”), los animales aparecen personificados (se “zumban” de ellos, es decir, se burlan). Asimismo, la protagonista encuentra en la mirada del ciervo características que superan las capacidades humanas de comunicarse. Así, afirma: “Él es mi hombre. El que sabe mirar mi tristeza infinita. Los otros son apenas hombres. De qué sirve ser uno de ellos si el idioma que hablan no alcanza. A mi hombre le falta humanidad, es cierto, pero quién quiere humanidad” (71). Por último, al final de la novela, la protagonista sugiere que ella misma adquiere la condición animal, puesto que señala que ocupará, metafóricamente, el lugar del ciervo: “El ciervo no aparecía y en cambio estaba yo” (154).

La muerte

El tema de la muerte, que evoca el título de la obra con la palabra “matate”, está presente desde el inicio de la misma. En el primer fragmento, aparece sugerida la idea del suicidio, cuando la protagonista insinúa que podría desangrarse con un corte en la yugular. También, en el mismo fragmento, ella se refiere a su vecino, Frank, cuyo suicidio forma parte de una “tradición” (8) familiar que se remonta a cuatro generaciones atrás. Poco después, la narradora siente la presencia de la muerte en la casa de sus suegros y anticipa, de ese modo, la muerte de su suegro.

La muerte aparece también, de manera metafórica, para describir la existencia apocada que lleva, tras la muerte de su marido, la suegra de la narradora. Además, en ocasión de un viaje dominical, la muerte de un joven da lugar a la reflexión acerca de la posibilidad de que se vuelva insignificante la “sutil diferencia” (53) entre un hombre vivo y un difunto: “Ahora causa sensación, adrenalina. Ya vendrá la época en que serán lo mismo un hombre vivo y un difunto” (Ídem.).

Por otro lado, el deseo de matar aparece sugerido en varias oportunidades, aunque la protagonista declara no ser una asesina. Además, ella afirma, a propósito de la vida campestre, que “saborea” pasar “el día asesinando” insectos de todo tipo, y describe detenidamente la forma en que mata cada uno de ellos. Poco después, la narradora mata a su perro, Bloodie, para evitar que el animal siga sufriendo a causa de una lesión y, al final de la novela, el recuerdo de esa muerte la atormenta: “Y a mí me pareció que Bloodie ladraba, que gruñía detrás de la puerta reclamándome haberlo asesinado” (151).

Por último, también al final de la novela, la protagonista experimenta la separación de su familia como una muerte simbólica. Por eso se compara con una viuda y sostiene que estuvo de luto durante mucho tiempo.

El deseo sexual

El tema del deseo sexual ocupa un lugar destacado en la novela. En la relación conyugal de la narradora, ese deseo se muestra casi siempre insatisfecho o ausente. La narradora, en cambio, desea intensamente a su amante y muestra que no puede reprimir ese deseo. En una ocasión, experimenta repudio hacia ese deseo, acaso porque no puede controlarlo. La narradora dice de sí misma, de forma irónica o no, que es una ninfómana, y se pregunta si su marido decidió internarla en un psiquiátrico donde prácticamente no hay más que hombres para ponerla a prueba.

La locura

En la novela, el tema de la locura aparece ligado a los deseos destructivos y autodestructivos de la protagonista. En diferentes ocasiones, la protagonista fantasea con matar, matarse, dañar a otros o hacerse daño. En una oportunidad, cuando la narradora se refiere a Septimus, un personaje de la novela Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf, sugiere la idea de que ella, como él, da batalla a la depresión maníaca y a la locura.

Aunque la protagonista, más tarde, acepta permanecer internada en un establecimiento psiquiátrico, nunca queda completamente claro el motivo de la internación. Sabemos que el marido juzga sus comportamientos como fuera de la norma: “Sé normal, cálmate” (102), le pide en una oportunidad en la que se dirigen a la casa de sus amigos. La narradora comprende poco después la perspectiva de su marido cuando él le sugiere que permanezca internada un tiempo en el psiquiátrico, aunque no parece compartir su punto de vista: “(…) escuché: curación. Eso veía de mí. Una mujer que debía calmarse. Volverse una ameba. Irse a un lugar de sábanas y paredes blancas, bajo la lengua, pastillitas, pildoritas, comprimidos” (117).

De cualquier forma, los problemas de salud mental de la protagonista aparecen principalmente como resultado de las condiciones de vida a las que está sometida, del entorno en el que vive y de las presiones sociales que recaen sobre ella. En consecuencia, la protagonista parece disfrutar del encierro en el establecimiento. El primer día allí, por ejemplo, afirma: “(…) bajé al comedor con la impresión de vivir (…)[;] alguien había resucitado” (127).

Por último, pese al tiempo que permanece en el psiquiátrico, la protagonista no percibe mejoras ni efectos positivos como resultado de su internación. El día del regreso a su casa, casi al final de la novela, se reintroduce el motivo del cuchillo con el que inicia el relato: “El reflejo del primer cuchillo con el que soñé volvió a mi mano” (149). Esto da lugar a una crítica dirigida a aquel establecimiento: “Si en vez de penitencia hubiese sido una internación, si en vez de casa de reposo hubiese sido un manicomio en serio, no tendría este facón en mi mano” (Ídem.).

La literatura

La narradora deja ver en más de una ocasión la incompatibilidad entre las circunstancias en las que vive y la posibilidad de dedicarle tiempo a la lectura. También observa que se encuentra alejada del entorno intelectual del que formaba parte: “Yo misma, letrada y graduada universitaria, soy más bestia que esos zorros desahuciados con la cara teñida de rojo y un palo atravesándoles la boca de par en par” (8). A propósito, la narradora se sorprende cuando advierte que hace mucho tiempo no escucha “léxico literario” (97).

Por otra parte, la narradora se pregunta por los efectos paliativos de la escritura, es decir, por su capacidad para mitigar su padecimiento. También indaga sobre cómo la crítica sobre su propia escritura podría cambiar su percepción acerca del entorno en donde vive: “Cómo vería yo este mismo bosque, esta aura campechana, mi casa a medio construir, ese hombre instalando vigas de madera, si un crítico dijera que lo que escribí trata sobre «la interconectividad de la existencia humana»” (97). Por último, la narradora reflexiona sobre el acto de escribir ficciones: “El que escribe no necesita un saco de piel porque en su universo ficcional es verano” (98). Sugiere, así, que el mundo ficcional que crea quien escribe se vuelve de alguna manera real para él o ella, de manera que el escritor o escritora podría superar las limitaciones del mundo real al sumergirse en su obra.