Es posible abordar el relato de Julio Ramón Ribeyro desde una perspectiva biopolítica, analizando cómo el poder se ejerce sobre la vida y los cuerpos que son sometidos a ser administrados, explotados o excluidos. La biopolítica, entendida desde la perspectiva de Michel Foucault y Giorgio Agamben, se manifiesta cuando ciertos individuos son reducidos a su mera existencia biológica, despojándolos de derechos o reconocimiento, y sometiéndolos a una lógica donde la vida se administra como un recurso.
En el cuento de Ribeyro, Efraín y Enrique se ven desprovistos de infancia, educación o afecto. El espacio urbano que habitan no es el de la ciudad moderna y civilizada, sino aquel en el que las personas se mezclan con los animales y los desechos. El lugar paradigmático de esa exclusión es el muladar, un entorno que degrada no solo el cuerpo sino también la percepción. Los niños sienten el “olor nauseabundo” de la basura penetrando en sus pulmones y pisan los “excrementos” de las aves mientras realizan la tarea diaria de lanzarse entre los desperdicios junto a los perros y los gallinazos, las aves carroñeras que funcionan como un doble simbólico de los niños. Al igual que los gallinazos, Efraín y Enrique deben disputar por la basura para subsistir. En este sentido, la animalización de los personajes enfatiza la dimensión biopolítica de la explotación y la marginalización.
La figura de don Santos encarna un poder privado y doméstico: él administra a sus nietos convirtiéndolos en fuerza de trabajo. No hay negociación posible ni mediación institucional: se dice lo que don Santos ordena porque es la autoridad soberana del corralón. Su poder se aplica mediante el castigo, la amenaza de hambre y el maltrato infantil. Cuando Efraín y Enrique se enferman, don Santos quiere obligarlos a trabajar de todos modos. Su indiferencia frente al dolor físico de sus nietos revela el lugar que ocupan sus cuerpos dentro de la economía familiar: solo tienen valor en tanto producen. La enfermedad no es más que una falla en el rendimiento. Por eso, don Santos se enoja con ellos y los culpa de su incapacidad para trabajar.
En este contexto, los niños existen como lo que Giorgio Agamben llama “vida nuda”: una vida despojada de derechos, expuesta a la violencia y gestionada por un poder que no necesita justificarse. El cuerpo infantil se convierte así en un territorio en el que se ejerce la violencia biopolítica. No se trata solo de una cuestión moral o de denuncia social, sino de una estructura donde determinadas vidas pueden ser tratadas como prescindibles, intercambiables, descartables, como la basura que recogen: “¡Ustedes son basura, nada más que basura!” (13).
En “Los gallinazos sin plumas”, lo biopolítico aparece como una experiencia concreta y cotidiana que revela cómo la vida humana puede ser degradada hasta confundirse con la de los animales que consumimos y explotamos. La ciudad que se revela en el muladar es una ciudad que excluye y que produce zonas de desecho humano, donde la vida persiste sin otro propósito que la mera subsistencia. Por eso el final del relato es descarnado y desolador: Efraín y Enrique se van al muladar porque necesitan “comer algo” (18), aunque sea los mismos desperdicios que le dieron al cerdo, para seguir sobreviviendo, por el hecho mismo de sobrevivir.